El azar quiso que fuera, que creciera, que estudiara. El destino —bendito destino— me llevó en mi primer vuelo a aquella sierra, a aquel colegio, a aquella gente. Allí me acogieron, me aceptaron y me hicieron ser como soy. Nunca tendré la palabra justa para agradecer tanta ayuda.

Pablo fue mi norte aquellos primeros años. Consejero oportuno, me enseñó la base del magisterio; cómplice incondicional de mis inquietudes, apoyó mis disparatadas propuestas; fue surtidor de ideas para las que había que fabricar algo que no existía... Recuerdos de los primeros ochenta: emisora de radio escolar, aula de informática con los ZX 81, televisión en todas las clases, intercomunicadores por si las niñas se despertaban mientras compartíamos la cena... y todo lo que hicimos en Sabinillas. Querido Pablo, fue muy agradable estar bajo tu batuta y me siento orgulloso, afortunado y muy agradecido. Después vino una larga travesía en la que noté tu ausencia, pude hacer, pero no como contigo. Ahora mi colegio es por fin de nuestro estilo; a todo el que llega lo miro como con tus ojos, busco sus fortalezas y le animo a que las desarrolle. Como ves, lo que sembraste va dando fruto...

Con Vicente no compartí colegio sino colonia —más horas todavía—. Los días de julio eran largos, desde la tuna mañanera hasta la cena de madrugada en la duquesa, pasando por las escapadas cerveceras al mejicano. En todo momento fui empapándome de su sabiduría popular, de sus ocurrencias y sus reacciones equilibradas, de su saber estar... Vicente, te agradezco todo lo que compartiste conmigo, ese tiempo en el que yo te estudiaba y te asimilaba. Como dijo Machado: "Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos". Pero tú no eras así, ya que con tu curiosidad y tus retos me ayudaste a ser el maestro que soy.

Acabo este panegírico con un elogio cariñoso a Conchi y Charo, que hacen que se cumpla el dicho de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer; a Macu y Paola, a Encarni y Juan Diego, sus retoños, cuyos primeros pasos también disfrutamos; y a todos los compañeros y alumnos de aquel tiempo tan entrañable, en especial a José Manuel (a quién citaré en las fotos del Polvorilla), y a Pepe Miras, Javier, Carlos, Lucila... y a Juan Antonio, querido Niki, que hiciste posible este reencuentro veintitantos años después...