¡Instagram, tenemos un problema!

En esta entrada voy a escribir sobre el follón que he tenido con Instagram en las últimas semanas. Me va a servir de reflexión y ojalá le valga a alguien para no perder el tiempo que me he dejado yo en la batalla.

Llegué a esta red social en 2012 exprimiendo las posibilidades del iPhone 4… y poco a poco fui creciendo en ella. A día de hoy he subido 440 momentos, de contenido diverso y algunas fotos de postureo. Cuando uno es persona pública, no queda otra que dar señales de vida —al menos de vez en cuando—  para que no te echen en falta o te entierren. Y feliz como una perdiz mantenía en la aplicación la primera contraseña que puse, tan fácil como adivinable.

A mediados de agosto me embarqué en una empresa complicada  —siempre me encanta hacerlo—;  quería salvar los whatsapps de un antiguo móvil Android para instalarlos en iOS. No me podía figurar que en una app de linterna ¡escondía un troyano para Windows! Y se me coló 😕. El primer aviso fue de mi banco: me cobraron 2,99 $ de un ticket del metro de Nueva York; bloqueé la tarjeta y pedí un plástico nuevo. Unos días después recibí una alerta de que habían accedido a mi cuenta bancaria con un iPhone 14.6 desde Barcelona. En el teléfono de Pilar tenía la versión 14.7 y yo hace semanas que uso la beta 15 como desarrollador. Inmediatamente bloqueé ese acceso y empecé a cambiar todas mis contraseñas como un poseso… Ingenuamente pensé que a ese bichito no le interesarían mis cutres redes sociales… pero me volví a equivocar.

La sorpresa me la llevé cuando entré en Instagram aquel día. Suelo mirarlo de tarde en tarde, es decir, todas las tardes; me tiene al tanto de lo que hacen amigos o conocidos y sobre todo para leer noticias de medios alternativos a las televisiones y radios mantenidas. Empecé a ver gente rara, nombres árabes o cirílicos, fotos de musculines y putones… algo malo pasaba, tenía un problema. Entré en mi perfil y vi que seguía sin querer casi 4000 perfiles que no conocía de nada. ¡Horror! Me habían hackeado la cuenta. Empecé como un loco a borrar gente ¡qué nombres! ¡qué fotos! Como el que pisotea una plaga de cucarachas, el número de «amigos» bajaba y bajaba… Pero la cosa no quedó ahí. Cuando había medio aclarado la lista, me llegó el bloqueo ☹️.

 

 

Bueno, cosas hay peores. Mi Instagram estaba ya algo desbocado y se me iba más tiempo de la cuenta para ver el «estás al día», así que casi fue una liberación. Publiqué el aviso de que tenía un problema y lo compartí en Facebook. En Instagram tuvo 62 «me gusta» y 9 comentarios de apoyo 👍. Pero en el face se me ocurrió ponerlo en la foto de perfil… y la lie. Hicieron comentarios y pusieron «me gusta» sobre una foto de 2018, aprovecharon para felicitarme y creo que nadie se enteró bien de lo que pasaba, y por eso ahora escribo esta entrada.

Una semana después, pasado el bloqueo me puse a borrar otra vez, pero siempre eran los mismos. Era como el manto de Penélope, los borraba y al rato aparecían de nuevo; incluso llegué a cogerles cariño a algunos 🤣, pero no se iban ni con agua caliente. Desesperado me puse primero a leer las reglas comunitarias y después miré en Google y encontré la respuesta, «no se podían borrar más de 200 cada hora». Ahora sí, con paciencia y método, con reloj y libreta, cada 60 minutos fusilé a un buen puñado de seguidores y seguidos. Por cierto, había perfiles duplicados, triplicados… y muchos con 0 publicaciones.

Lamentablemente esta «limpia» habrá tenido daños colaterales; fieles seguidores borrados de un plumazo que admitiré de nuevo siempre que sean conocidos de algo y tengan algunas fotos publicadas.

Y a modo de conclusión, un consejo: en internet no te fíes ni de tu sombra, usa contraseñas seguras y cámbialas con frecuencia. Y sobre todo, disfruta de la vida real, que estos mundos virtuales son eso, virtuales, que tienen existencia aparente pero no real 😉

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