En mayo de 2026 visitamos Tánger, Tetuán y Chauen. Ya habíamos estado en el centro y sur de Marruecos en 2010, pero hubo una circunstancia que nos animó a hacer este viaje al norte del país vecino.
“Calle Málaga”

Nada más estrenarse, fuimos a ver “Calle Málaga“, película protagonizada por Carmen Maura y dirigida por Mariam Touzani, que conocíamos por “El Caftán Azul”. Nos encantó el argumento, la trama y sobre todo la ambientación en el antiguo barrio español de Tánger. Tanto, que decidimos dar el salto a la que fue zona internacional —en un limbo legal— y refugio de diplomáticos, contrabandistas y espías de todo el mundo.
Jueves, 14. La ida
Volamos de Málaga a Tánger a mediodía; fueron solo 35 minutos de trayecto. En el aeropuerto nos esperaba Youssef, de Unik Maroc Tours, una estupenda empresa familiar con la que habíamos concertado transporte, alojamiento y guías locales en las tres ciudades que programamos visitar.
Arcila
En la película, María Ángeles y un anticuario iban a Assilah para recuperar el viejo tocadiscos de la anciana. Nosotros pensamos ir allí aquella primera tarde, para aclimatarnos. Era una ciudad pequeña, deslumbrante y acogedora. Paseamos por la medina, donde la vida transcurría sin prisas, a la vez que se rodaba una película. Las calles y las vistas eran espectaculares. Desde el Mirador de Caraquia se veía la Kuba de Sidi Ahmed el Mansur, una mezquita situada junto al mar, con un pequeño cementerio muyahidín. Nos hicimos una foto en el Palacio Raisuni, un centro de arte y seguimos disfrutando con los artesanos trabajando, el arte callejero, la tranquilidad…
Tánger
De vuelta a Tánger, nos alojamos en El Oumnia Puerto, un excelente hotel situado junto al puerto, naturalmente. Salimos a caminar por el paseo marítimo unos kilómetros, entramos en un centro comercial, tomamos unas cervezas (difíciles de encontrar y muy caras) y nos recogimos muy pronto.
Viernes, 15. Tánger, la novia del norte
Empezamos la visita guiada a Tánger yendo a Perdicaris, un parque periurbano que fue propiedad de un empresario americano. De allí fuimos al faro del Cabo Espartel, donde se encontraban el Atlántico y el Mediterráneo; en las almadrabas era la temporada del pez espada, que hacía la travesía un mes antes que el atún. En los alrededores se rodaba “Sira”, la secuela de “El tiempo entre costuras”.
La cercana Cueva de Hércules estaba en obras y llena de andamios, por lo que no la visitamos. Sí entramos en una pintoresca gruta que había al lado. Para terminar las visitas extramuros fuimos al cementerio español, donde el encargado nos preguntó si buscábamos a algún familiar difunto. Después de recorrerlo nos mostró los libros de registro, que custodiaba en su oficina.
Entramos y salimos varias veces por las puertas de la casba de Tánger. Todo me resultaba muy familiar, patios, casas, olores. En el Café Baba, frecuentado en tiempos por los Rollig Stones, vimos sus “papeles” de 1943. Y topamos con el Cine Alcázar, donde se proyectaba la película que nos había llevado hasta allí. Vimos almacenes, mercados, sinagogas y muchas mezquitas a pleno funcionamiento, ya que era viernes y mediodía. Al fin de la visita cruzamos el barrio español, detrás de nuestro guía, que no paró hasta que preguntando, encontró la genuina Calle Málaga ✌🏼. Terminamos la mañana comiendo pescado en Tarik, junto a nuestro hotel.
Después de descansar un rato tuvimos que decidir si quedarnos en la piscina o seguir conociendo la ciudad; escogimos lo segundo. Recorrimos todo el Bulevar Pasteur, con muchos recuerdos de España, cafés, tiendas, anticuarios, hoteles que frecuentaban los espías y otro cine, en el que también proyectaban nuestra película.
Sábado, 16. Tetuán, la paloma blanca
Antes de salir hacia Tetuán, Youssef nos llevó al Mirador Ghandouri, donde había unas vistas espectaculares de toda la bahía. Lamentablemente se estaban construyendo varios hoteles de cinco estrellas , entre ellos el Canopy by Hilton Tangier Bay, que rompía todo el encanto 😢.




Por el camino paramos en el Café Granada, con un paisaje verde como nunca, por las lluvias del invierno anterior. Tomamos un té exquisito y le hice fotos a unos chicos que estaban de excursión.




Unos minutos después entramos en Tetuán: la paloma blanca. Nuestro guía nos esperaba en la Plaza Muley el Mehdi (antiguamente, Plaza Primo de Rivera) donde vimos la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias. Nos llevó por casi todo el ensanche español. Las calles resplandecían ya que el ayuntamiento blanqueaba cada año todas las fachadas, antes de la llegada del rey.
Subimos al Parque Feddan para ver lo que quedaba en la Alcazaba del antiguo cuartel de regulares y volvimos por la Avenida Mohamed V (el Generalísimo) hasta el Palacio Real, residencia veraniega del rey de Marruecos. Por el camino, duchas públicas, cafés (entre ellos el modernista Casino Español), el edificio de La Unión y el Fénix, el Teatro Español y el Cuartel Gómez Jordana (donde vivió y trabajó Franco entre 1913 y 1926) que todavía tenía medio escudo preconstitucional.
Desde la plaza Mechouar (la del palacio) entramos en la medina por el barrio judío, y dimos tantas vueltas que si no es por Mohammed (nuestro guía) todavía estaríamos allí perdidos. Yo iba haciendo fotos a todo lo que veía, cada vez más contento de llevar la Canon G7X Mark III, una bolsillera de 300 gramos muy discreta.
Comimos en el Restinga, un restaurante turístico muy agradable. Pedimos una ensaladilla rusa, pinchitos de pollo y una tortilla de atún, que nos sirvió de cena. Al terminar, Youssef nos llevó al Cementerio Español, que estaba dividido en zonas civil y militar. Busqué en internet información sobre algunos de esos heroicos militares y lo que encontré era espeluznante 😱. Con una panorámica de parte de la ciudad, nos despedimos de Tetuán y pusimos rumbo a Chauen.
Tres enormes embalses bordeaban la carretera hasta Chauen. De vez en cuando veíamos coches-cafetería, que se popularizaron durante la pandemia.




Chauen
En Chauen había muchísimos alojamientos, pero Youssef —que sabía de mi afición por la fotografía— nos reservó una suite con terraza en Dar Laman, un pequeño y precioso riad en la medina, con unas vistas increíbles.
Salimos a reconocer el terreno. Había gatos por todas partes. Y muchas cuestas, algunas, directamente eran escaleras. Y todo era azul, no había casa que no hubiera sucumbido a la moda de echar índigo a la cal, que empezó en la pasada década de los 70. Caía la tarde y por las calles no quedaban turistas; los lugareños eran mayoría, los niños jugaban…
En la plaza, algunos extranjeros cenaban, pero era temprano para nosotros, así que compramos unos crepes y volvimos al riad. Bueno, eso queríamos hacer, pero nos perdimos. Más de media hora estuvimos dando vueltas, subiendo y bajando escaleras. Las fotos del móvil no habían guardado la ubicación, y las personas a las que preguntamos no conocían los nombres de todos los alojamientos. Finalmente encontramos nuestro dar y pudimos descansar.
Domingo, 17. Chauen, la perla azul
Nos trajeron el desayuno a la terraza a las 8:30 y a las diez nos recogió el guía local para empezar la visita. Nos llevó por toda la medina y nos enseñó muchos rincones que no habíamos visto el día anterior. Mientras, yo iba tirando fotos como un loco. Para ser domingo no había muchos visitantes, o al menos no habían llegado todavía.
A la hora de comer buscamos un sitio que no fuera turístico, y a un paso de la plaza dimos con el Restaurante Fuente, una casa con patio y media docena de mesas. Pedimos un tajín de gambas y otro de boquerones, que sirvieron entre aperitivos de berenjenas, aceitunas y queso de cabra recién hecho. Todo estaba exquisito. El dueño, muy simpático; la chica, encantadora, nos atendió con mimo y nos hizo una factura inolvidable. Todo por quince euros al cambio 😍.
Después de una siestecita salimos dispuestos a trepar a la Mezquita Española (que nunca funcionó como tal) para ver desde allí la puesta de sol. Pero resultó estar más lejos y más alta de lo que parecía, así que hice unas cuantas fotos a las tumbas que bordeaban la cuesta, nos tomamos un rico helado tradicional y volvimos a la medina.
Había mucho ambiente y pocos forasteros. Paseando tranquilamente, Pilar se fijó en una chilaba corta de invierno para mí. El artesano había empezado a trabajar en el telar con su padre; me enseñó una foto de entonces y rápidamente acordamos el precio. También compramos empanadas y zumos y volvimos al riad. A pesar de ser domingo y por la tarde, un chico estaba dándole azulillo a nuestra calle 💙.
Lunes, 18. La vuelta
En vez de salir de la medina por la puerta que entramos el sábado (Sidi Bouchouka) el chico del hotel nos llevó a otra que estaba cuesta abajo. Los lunes iban a Chauen mujeres de pueblos cercanos, con ropas tradicionales, y vendían sus productos cerca de Bab Souk (la puerta del zoco). Cargando con la maleta y a buen paso, cuando empecé a ver a esas señoras saqué el móvil y tiré sin parar esta serie; no fue más de un minuto 😅.












Hamsa fue el conductor que nos llevó al aeropuerto de Tetuán. En el camino hicimos dos paradas, la primera en una cafetería junto al embalse de Nakla, y la segunda en Martil, que fue Río Martín durante el protectorado. Allí quedaba poco de la etapa española, algunos edificios junto a la playa con sus balcones y una iglesia transformada en biblioteca, utilizada como Centro Cultural Padre Lerchundi.
El aeropuerto de Tetuán estaba muy cerca de Martil y era pequeñísimo. Allí esperamos nuestro avión para otra media hora de travesía a Málaga. Durante el vuelo me sorprendió la forma del Peñón de Gibraltar desde ese ángulo que nunca había visto.






























































































































































































































































































































