Estuvimos en Cuenca un fin de semana en febrero de 2006. Antes de llegar a la ciudad de las Casas Colgadas, dimos un pequeño rodeo para visitar Segóbriga, localidad que tuvo una importancia enorme durante el Imperio Romano. Después de visitar el Parque Arqueológico y su pequeño museo, en Saelices hicimos una parada en Las Termas de Segóbriga, un restaurante en el que tomamos contacto con la gastronomía local: sopa castellana y morteruelo.
Sábado, 10 de febrero
Nos alojamos en el hotel Alfonso VIII, y después de descansar un rato, salimos a ver la ciudad, Patrimonio de la Humanidad. El casco antiguo estaba encaramado en un cerro, pero un pequeño autobús nos subió hasta el castillo, en lo más alto. Visitamos el Museo Provincial, que era pequeño, pero muy interesante; me encantaron sus objetos celtibéricos y naturalmente los romanos, procedentes de Segóbriga. También entramos en el de Arte Abstracto. En él estaban representadas las vanguardias españolas del s. XX, y en mi opinión algunas piezas debían estar guardadas en los sótanos. Durante la visita busqué una obra en especial de Tàpies, “Dos placas de cartón simétricas” (1960), que le hacía mucha gracia a mi profesor de Historia del Arte, y que eran dos planchas de cartón, eso sí, con un rasguño muy artístico. También vimos la exposición temporal “Lichtenstein en proceso” una interesantísima muestra de bocetos del genial artista. De noche, Cuenca estaba preciosa, en especial la Plaza Mayor y las Casas Colgadas.
Domingo, 11 de febrero
Como la tarde del sábado la Catedral había cerrado muy temprano, el domingo por la mañana subimos de nuevo a la Plaza Mayor. Sólo entré unos minutos, y pude hacer algunas fotos. En las vidrieras modernas destacaban los tintes melocotón, poco usuales que daban al conjunto unas tonalidades muy cálidas. Me pareció un gótico muy fresco y juvenil. A continuación hicimos una rápida visita al Museo Diocesano. Quería ver El Cristo con la Cruz, de El Greco: el sobrecogedor brillo de esos ojos bien merecería por sí sólo un viaje a esta ciudad. Después dimos una última vuelta por la ciudad y nos dirigimos a la Ciudad Encantada, una visita muy recomendable. De regreso a Córdoba, cerca de Tarancón, paramos a comer en el Hotel El Prado, a base de queso frito, pisto manchego y unas chuletas de cordero espectaculares.



















































