En julio de 2026, Pilar y yo viajamos en un circuito de turismo sénior visitando Budapest, Viena y Praga para ir con unos amigos, que por imprevistos de última hora no pudieron acompañarnos.
Volamos el 30 de junio de Málaga a Budapest, la capital de Hungría, que pasaba aquellos días una tremenda ola de calor. Del aeropuerto nos llevaron a un céntrico hotel de la cadena Accor donde cenamos y nos alojamos.
Budapest, 1 de julio
A primera hora salimos para hacer una visita panorámica. Empezamos el recorrido en autobús por la fue Pest, hasta finales del s. XIX. Dimos una vuelta por la Plaza de los Héroes y bajamos por la lujosa avenida Andrássy. Pasamos junto a nuestra Embajada, vimos el palacio Anker y el mural en homenaje a Sanz Briz, diplomático español que salvó a miles de judíos durante el Holocausto. Después cruzamos el Danubio, subimos al Castillo de Buda y dimos un paseo hasta el Bastión de los Pescadores. Casi todos los edificios tenían la placa de “monumento” y solo desentonaba el moderno hotel Hilton que integraba ruinas de un monasterio dominico del siglo XIII. Terminamos la visita bajando hasta el Puente de las Cadenas, donde nos esperaba el bus.
Dedicamos aquella tarde a recorrer la ciudad bajo un sol de justicia, con tres objetivos: un bar en ruinas, los Zapatos en la orilla del Danubio y el monumento a los 300 españoles del Tercio de Flandes.
Junto al hotel teníamos el exclusivo Café New York, pero nuestro sobrino Alejandro nos había hablado de los ruin bars, que estaban muy cerca del hotel. Fuimos al Szimpla Kert a la hora de la cerveza y nos dijeron que abrían a las tres. Cuando fuimos después de comer, resultó que no tenían café, así que hice las fotos y seguimos camino hacia el río. No entramos en la Sinagoga de la calle Dohány, la mayor de Europa y segunda del mundo, porque la entrada costaba 40 €.
En la orilla del Danubio estaban aquellos zapatos de hierro para honrar a los miles de judíos masacrados por milicianos húngaros en las últimas fases de la Segunda Guerra Mundial.
Después cruzamos el Puente de las Cadenas y cogimos el funicular para subir de nuevo al castillo. Queríamos buscar la placa en homenaje de aquellos trescientos españoles. Visto el monumento y hechas las fotos, pedimos un úber para volver al hotel.
Después de refrescarnos, cambiarnos y cenar, volvimos al río para hacer unas fotos nocturnas del Parlamento y del puente iluminado.
Viena, 2 de julio
Salimos temprano para Viena, capital de Austria. Al llegar dimos una vuelta por Karlsplatz y el entorno de la Ópera Estatal, hasta la hora de comer en una crepería. A continuación hicimos la visita panorámica, en autobús al principio y después caminando por Maria Theresien Platz, la Plaza de los Museos, Hofburg, el Palacio Imperial (de invierno), y por Kärntner Straße, la calle más comercial y animada de la ciudad. Tuvimos después un rato libre que aprovechamos para acercarnos a Stadtpark para ver en Monumento a Johann Strauss. Finalmente, Petr, el conductor y África, la fantástica guía-acompañante, nos llevaron a nuestro hotel. Aquella noche jugaba España contra Austria en el mundial; por ruidosos nos echaron de la pizzería en la que cenábamos, pero le metimos tres a cero a los danubianos 💪🏼.
Viena, 3 de julio
Un día libre en Viena merecía aprovecharlo al máximo. Desayunamos temprano y pedimos un úber para ir a Schönbrunn, la residencia de verano de la emperatriz Sissi. Como ya teníamos vistos muchos palacios, recorrimos solo los jardines; el gran parterre se extendía desde el palacio hasta la Fuente de Neptuno, bordeado por esculturas mitológicas. A continuación cogimos un metro para ir a la Biblioteca Nacional, otra joya imprescindible. Después compramos unos recuerdos y cominos con el grupo en el Wiennerwald de la calle Annagasse.
Después de comer, entramos en la zona gratuita de la catedral (la entrada completa costaba 29 € 😯) y dimos una vuelta mientras llegaba la hora de la visita a la Ópera. Aunque nos hubiera gustado ver el Musikverein —el del Concierto de Año Nuevo— las visitas guiadas eran solo en alemán e inglés, y el horario no nos cuadraba.
La Ópera era un edificio precioso, parcialmente reconstruido al final de la Segunda Guerra Mundial. Nos dijeron que su programación era rotatoria, cambiando cada día de función, con el consiguiente traslado de decorados y vestuario a un almacén exterior. Cada mes de febrero tenía lugar el Opernball, para el que se transformaba el escenario y el patio de butacas en una gran pista de baile.
Como todavía nos quedaba una hora antes de que el bus nos llevara al hotel, me di el capricho de entrar en la Albertina. Había soñado muchas veces con este museo, pero siempre quedó fuera de nuestras rutas. Sin esperarlo pude disfrutar de la “Liebre Joven” de Durero y otro buen número de obras maestras de mis pintores favoritos.
Praga, 4 de julio
El sábado salimos temprano hacia Praga, capital de la República Checa, que estaba a unos 350 km. Al llegar paramos a orillas del Moldava junto a la “Casa Danzante”, edificio curvado de Frank Gehry con oficinas y un restaurante en la planta superior. Comimos en la cervecería del Bohemia Goose y continuamos con la visita panorámica, que fue toda caminando. Empezamos por la Plaza de Wenceslao, que estaba en obras, y seguimos por la Torre de la Pólvora y la Casa Municipal, obra cumbre del modernismo checo. Entramos en la Plaza de la Ciudad Vieja, con su reloj astronómico del s. XV y cruzamos el Puente de Carlos, abarrotado de turistas, donde nos cayeron cuatro gotas.
En Malá Strana, al otro lado del río, vimos los niveles alcanzados por el agua en varias inundaciones, la mayor de ellas en 2002, y pasamos por el Muro de John Lennon, un espacio de libre expresión lleno de consignas por la paz, el medio ambiente y la solidaridad entre los pueblos. Finalizamos el recorrido en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde se veneraba el Niño Jesús de Praga. Después, ya en autobús fuimos al Hotel Olympik, donde nos alojamos y cenamos.
Karlovy Vary, 5 de julio
El domingo hicimos una excursión a la ciudad balneario más famosa de Europa, con sus fuentes termales y el río Teplá, también de aguas calientes. Karlovy Vary (los baños del rey Carlos) fue un famoso destino turístico en el s. XIX para personajes ilustres y después era conocido por su Festival Internacional de Cine y el popular licor Karlovarská Becherovka.
Por allí andaban muchos famosos, entre ellos Dustin Hoffman que había recibido su Globo de Cristal dos días antes. Nosotros, turistas domingueros, disfrutamos unas horas con el ambiente, los edificios, los cochazos y como no, con las fuentes, cuyas aguas no probamos. Comimos estupendamente en uno de los salones del del famoso Sanatorium Kriváň, y después regresamos a Praga.
Aquella tarde descansamos en el hotel. Después de la cena cogimos un tranvía para acercarnos a la Ciudad vieja y al Puente de Carlos para verlos de noche.
Praga, 6 de julio
El lunes hicimos una visita guiada del Castillo de Praga. Entramos en la Catedral de San Vito, en el antiguo Palacio Real y en la Basílica de San Jorge. Después paseamos por el Callejón del Oro, una calle del s. XVI que estuvo un tiempo habitada por orfebres. En la casa número veintidós vivió el escritor Franz Kafka. Después de atravesar los Jardines Wallenstein (sede del Senado) fuimos a comer a un pub tradicional checo donde servían una cerveza extraordinaria 🍺.
Después de comer, cruzamos el Moldava, nos hicimos la foto del día para las redes 😉 y llegamos a Josefov, el barrio judío, con unos edificios señoriales y unas tiendas imponentes. También estaban las sinagogas y el antiguo cementerio que queríamos visitar. Para el Museo Judío solo había una entrada conjunta que costaba seiscientas coronas, unos 25 euros.
Empezamos por la Sinagoga Pinkas, que era un monumento conmemorativo del Holocausto. En su recinto estaba el Antiguo Cementerio Judío, uno de los cementerios históricos más evocadores del mundo, que funcionó desde el s. XV hasta 1786. Debido a la prohibición religiosa de destruir tumbas y la falta de espacio, se apilaron capas de tierra, albergando unas 12.000 lápidas visibles. Aunque chispeaba a ratos, hice muchísimas fotos y también tiré un carrete de blanco y negro con mi Rollei 35 T (que todavía no he revelado). Seguimos por la Sinagoga Vieja-Nueva, la sinagoga en funcionamiento más antigua de Europa. Después visitamos la Sinagoga Española, un impresionante ejemplo de arquitectura neomudéjar. A continuación, la Sinagoga Maisel, construida por un rico alcalde del barrio judío, y finalmente entramos en la Sinagoga Klausen, la más grande que se conservaba del antiguo gueto de Praga, construida en estilo barroco temprano.
Para rematar la tarde nos tomamos un trdelnik y como estábamos cansados regresamos al hotel en nuestro autobús.
Praga, 7 de julio
El martes, último día del circuito, teníamos la mañana libre, ya que el vuelo a Málaga salía por la tarde. Después de desayunar y dejar la habitación, cogimos el tranvía con unos compañeros de viaje de Algeciras, para ir al centro. Pilar se quedó con ellos y yo di un salto al paraíso. Se llamaba FotoŠkoda y era a la vez sala de exposiciones, museo y tienda de todo lo relacionado con la fotografía, tanto química como digital. Hacía tiempo que buscaba una 6×6 y nada como un país del Este para conseguirla a precio razonable. Con mi Rolleiflex en el bolso, volví a la Plaza de Wenceslao donde me esperaban. Paseamos por la Plaza de la Ciudad Vieja, entramos en la iglesia de Nuestra Señora de Týn —en la que no se podían hacer fotos— y nos tomamos unas cervezas en U Supa, la cervecería más antigua de Praga.
Por la tarde, nuestro vuelo despegó con más de tres horas de retraso. En la espera me entretuve haciéndole fotos a varios Skoda, antiguos y modernos, que había en la terminal.





















































































































































































































































































































































































