Viajamos a China en julio de 1997. En plena devolución de Hong Kong, se celebraba el Visit China ’97 y fuimos parte de los siete millones de extranjeros que llegamos aquel año. Era la primera vez que viajábamos a Asia y lo hicimos en un grupo organizado. Salimos de Madrid el día 9. El vuelo con China Eastern, que hizo escala en Bruselas, fue interminable; llegamos a Shanghai después de unas veinte horas. Llevábamos un visado colectivo, y en el tránsito por el aeropuerto de Pekín le pedimos a un funcionario que nos estampara algún sello en el pasaporte, para certificar nuestro paso por allí.

Shanghái, 10 de julio
En Shanghái hacía mucho calor y llovía. Nada más llegar nos llevaron al Templo del Buda de Jade; antes de entrar compramos un paraguas por un dólar 😯. Después fuimos al hotel Radisson SAS Lansheng, una mole de 24 pisos. A la caída de la tarde, muertos de cansancio por el jet lag, asistimos a un espectáculo de acrobacia; resistí al sueño porque estaba entusiasmado haciendo fotos de aquellas piruetas imposibles.
Shanghái, 11 de julio
Amaneció lloviendo. Echamos la mañana entre el jardín Yuyuan y algunas tiendas de la zona. Comimos en un restaurante junto al río Huangpu, en una mesa de centro giratorio con los platos encima para servirse, algo muy divertido. Después paseamos por el Bund, y recorrimos Nanjin Road. La mitad de la calle tenía anuncios de Cocacola y la otra mitad, de Pepsi, y en los dos tramos había McDonald’s. Entramos en un par de talleres y también en una tienda oficial de recuerdos.
Zhouzhuang, 12 de julio (mañana)

El sábado me levanté muy temprano y bajé del hotel para ver de cerca a los vecinos que hacían taichí. Ese día salimos de la ciudad para hacer una excursión al pueblo acuático de Zhouzhuang, y después volvimos a Shanghái para coger el tren.
En tren a Hangzhou, 12 de julio (tarde)
Después de la mañana de excursión, fuimos a la estación a tomar un tren hacia Hangzhou, que contaba con una importante industria sedera. También allí se cultivaba el mejor té longjing y era un importante destino turístico por su Lago del Oeste. Nos alojamos en el Hotel Lily.
Hangzhou, 13 de julio
El domingo tuvimos un guía excepcional: Wang Zhen Yu, experimentado profesor de español y persona sensible donde las hubiera. Después del lago, donde nos deleitó con poemas de Su Dongpo, visitamos la Pagoda de las Seis Armonías y el Templo del Alma Escondida.
Aquella noche nos pasó de todo… La primera aventura fue cenar a la carta en el restaurante del hotel; los camareros no hablaban inglés y se nos ocurrió pedir una «span omelette» que era lo único que nos sonaba y en nada se parecía a nuestras tortillas.
Como terminamos temprano, cogimos un taxi para ir al centro a buscar vida nocturna. En la enorme plaza, abarrotada por la tarde, no había un alma. Nos adentramos en un laberinto de calles —cada vez más estrechas— hasta que un jovencito nos señaló algo que parecía un parvulario y resultó ser… ¡un karaoke! Al fin acabamos en una sórdida discoteca tomando unas «San Miguel» y cantando con un laserdisc una canción de Julio Iglesias. Cuando le explicábamos a varios curiosos nuestro origen, con señas y dibujos, nadie se enteraba de donde venían estos extraterrestres. Por fin, el más espabilado de los chicos se llevó los índices a las sienes y girando la cabeza como un novillo dijo: «¡¡¡Ohhh SIBAAAAANIAAAA!!!»
Al final tuvimos que salir por piernas, ya que al pedir el 发票 fāpiào o factura, nos querían cobrar una millonada y salimos del local gritando ¡police, police!
Hangzhou, 14 de julio
Sin duda, lo mejor de Hangzhou —y del viaje a China— fueron las dos visitas que hicimos aquella mañana. La primera fue un agradable paseo por la Colina Geling, en la que se reunían jubilados para bailar, jugar o pasear a sus pájaros; también había un escenario en el que vimos fragmentos de una ópera china. Llevaba unos rollos de Ilford HP-5, y me despaché bien… La segunda fue el Zoo de Hangzhou, donde me dejaron entrar en la jaula de una panda y retratarme con ella; luego me dijeron que acababa de quedarse sin su pareja y podía haber estado violenta conmigo 😅. A las cuatro de la tarde tomamos un vuelo a Xi-an, nuestra siguiente etapa.
Xi’an, 15 de julio
Amanecimos en el Gran Holel del Nuevo Mundo. Después de desayunar —y antes de que empezara el calor— fuimos a la muralla de la ciudad, la mejor conservada de toda China, con catorce kilómetros. Después visitamos la Gran Pagoda del Ganso Salvaje y el Museo Histórico Provincial. Pero la visita estrella de Xi’an fue a las terracotas de la dinastía Qin, Patrimonio de la Humanidad, descubiertas en 1974. Lamentablemente estaba prohibido hacer fotos, así que solo fotografié las piezas que había en el museo anexo.
Por la tarde recorrimos por libre media ciudad, buscando la Gran Mezquita de Xi’an que como era de esperar, estaba totalmente construída al estilo chino.
Pekín, 16 de julio
Del vuelo a Pekín solo recuerdo que pasé casi todo el tiempo en el baño y que aterricé bastante desmejorado. Para colmo, un calor sofocante y una humedad insoportable nos acompañarían los tres días que estuvimos en la capital. Afortunadamente, nada más llegar al Hotel Xiyuan se desvivieron para conseguirme un yogur —algo difícil de encontrar en China— cuya tapa conservo todavía.

La primera visita de aquel día fue al precioso lamasterio Yonghegong, que me encantó. Era sorprendente la estatua de Maitreya de 26 metros, hecha con un solo tronco de sándalo. Después fuimos a la Plaza de Tiananmén, enorme, y acabamos el día en el impresionante Templo del Cielo.
Pekín, 17 de julio
Muy temprano nos dirigimos a la Ciudad Prohibida. Era un enorme complejo palaciego inaccesible a la plebe, residencia de los emperadores Ming y Qing hasta Puyi, que abdicó en 1912. Por la tarde paseamos por el Palacio de Verano, otro lujo para los sentidos.
La jornada terminó con una cena a base de pato laqueado y una función de ópera china.
Badaling, 18 de julio
En nuestro último día en China fuimos a una factoría de cloisonné, y después visitamos las Tumbas Ming y la Gran Muralla en el sector de Badaling. La muralla que fue llamada de los 10.000 li (unos 5.000 km, aunque medía cuatro veces más) tenía unos desniveles impresionantes. A pesar de ello recorrimos un buen trecho.
Por la noche, nos acercamos a Tiananmén y después recorrimos media ciudad persiguiendo una
enorme que se veía muy, muy a lo lejos… y es que estábamos hasta arriba de comida local. Después resultó que las hamburguesas de McDonald’s también estaban hechas al gusto chino 🫤.
De vuelta a casa, 19 de julio
El regreso fue un poco más llevadero, también con escala en Bruselas. Acabamos acostumbrándonos a los noodles —fideos— que los chinos sorbían a todas horas. Por cierto, muchos de los pasajeros eran camareros de vacaciones que hablaban bastante bien en español.
Años después (a modo de epílogo)
Volví a China en agosto de 2018 haciendo escala en mi viaje a Corea del Norte. Beijing ya no era la ciudad provinciana tomada por millones de bicicletas sino otra monstruosa urbe llena de rascacielos y ruído, mucho ruído. Aunque mi estancia en el Novotel Xin Qiao fue básicamente para dormir, también di algunos paseos a la cercana Tiananmén, la plaza de la Paz Celestial.
El siguiente «clásico con carrete»: Egipto (muy pronto)

















































































































































































































































































































