Un viaje inolvidable a finales de 2025
Nunca me había pasado por la cabeza viajar a Colombia. Sin embargo, en mayo de 2025 empezamos a considerarlo a raíz de una casualidad. Pilar y yo estábamos en Murcia y fuimos al restaurante del Real Casino, un sitio muy especial. Terminamos la comida con un asiático y hablando de café con Luisa, la camarera que nos aconsejó y atendió estupendamente. Nos dijo que ella era de Pereira, ciudad del eje cafetero colombiano, y que su país nos encantaría. Fuimos madurando la idea y unas semanas después habíamos seleccionado los lugares a visitar, contactamos con una agencia local y compramos los vuelos.
No fue un viaje estrictamente fotográfico, aunque hice todas las fotos que pude. Llevé la recién comprada Canon G7X —que para viajes y clima incierto resultó ideal— y la Fuji X-T3, además del móvil.
Volando a Colombia, 27 de noviembre de 2025
El jueves despegamos de Madrid a las 16:30 rumbo a Bogotá. Después de un pequeño rodeo para no sobrevolar Venezuela —el total del vuelo fue de diez horas y media— aterrizamos en El Dorado. Pasamos un interminable control de inmigración y a continuación un conductor nos llevó al hotel. Cuando llegamos era medianoche allí, pero en nuestros cuerpos eran seis horas más, es decir, las seis de la mañana del día siguiente.
Bogotá, 28 de noviembre
Al despertarnos estaba chispeando, pero después en todo el día no cayó ni una gota. En el trópico siempre amanecía a las 6 a.m. y anochecía a las 6 p.m. Aquella mañana paseamos con la guía Elizabeth por el centro histórico, empezando en la Plaza del Chorro de Quevedo, donde el granadino Gonzalo Jiménez Quesada fundó Santa Fe de Bogotá el 6 de agosto de 1538. Después bajamos por la Candelaria hasta la Plaza de Bolívar. Allí entramos en la Capilla del Sagrario y la Catedral Primada, donde reposaban los restos del fundador de la ciudad. También visitamos San Francisco y desde allí nos dirigimos al interesantísimo Museo del Oro. Finalizamos la panorámica en la Quinta de Bolívar, donde vivió un tiempo el Libertador.
Volando a Medellín, 29 de noviembre
El sábado volamos a Medellín, la capital del departamento de Antioquia. Allí nos instalamos en el Grand Hotel en El Poblado, una de las comunas o municipios de la ciudad, y salimos a dar una vuelta por el parque, una tranquila zona comercial y residencial.
En la Comuna 13 de Medellín, 30 de noviembre
Entre todo lo que había que ver en Colombia seleccionamos la Comuna 13, un símbolo mundial de resiliencia y transformación social, que pasó de ser uno de los sectores más peligrosos —debido al narcotráfico— a convertirse en el epicentro cultural y turístico de la ciudad. Después del desayuno, un taxista nos llevó a la comuna y allí Sora, que había vivido en su niñez el conflicto, nos guió por sus calles y escaleras, galerías al aire libre de graffitis y murales que narraban la historia de superación del barrio. Fue una visita interesante, intensa y cargada de muchas emociones.
Volando al Eje Cafetero, 1 de diciembre
El lunes a mediodía volamos a Pereira y allí nos recogió María, que fue nuestra conductora local. Por la tarde visitamos Filandia, uno de los pueblos más encantadores —y turísticos— del departamento de El Quindío. Desde el Mirador de la Colina Iluminada Blaney nos explicó aquel paisaje impresionante; además de Filandia se divisaban otras localidades (entre ellas Armenia, capital del departamento) y el Valle de Cocora que visitaríamos dos días después. Más tarde entramos en un taller-museo de cestería y paseamos por las animadas calles, ya iluminadas para la Navidad. Había anochecido cuando llegamos a Salento, donde teníamos reservado un hotel encantador, el Salento Real.
Salento, 2 de diciembre
El martes, antes de ir a la finca cafetera, salimos a dar una vuelta. La mayoría de establecimientos estaban cerrados, pero el pueblito lucía todo su colorido a pesar de los nubarrones que cubrían el cielo.
La Finca Buenos Aires
Hubo un tiempo en el que el café de Colombia estaba muy cotizado. Pero después cayeron los precios debido a la competencia de otros países que lo producían más barato. El Eje Cafetero sobrevivió gracias a su café de alta calidad, pero muchas fincas se tuvieron que abrir al turismo cafetero. En las proximidades de Salento estaba la Finca Buenos Aires, en la que conocimos los procesos de siembra, recolección, secado y tostado del café. Y no solo aprendimos la teoría, sino que durante unas horas recorrimos los cafetales y cosechamos algunas cerezas maduras, que contenían dos granos de café bañados en una sustancia pegajosa y dulzona, el mucílago.
De vuelta a Salento, aprendimos a hacer un buen filtrado en la tienda de Juan Martín. La encantadora Jakelin me enseñó preguntas —¿qué origen tienes en la tolva? ¿qué ratio manejas?— para hacerte el entendido… Allí descubrí que estaba suspenso en cultura cafetera 🫤
Comimos en el Recinto Gastronómico y Artesanal unas truchas con patacones, plato típico y exquisito. La tarde se presentaba lluviosa así que nos recogimos en el hotel.
Valle de Cocora (Salento), 3 de diciembre
El miércoles hicimos una caminata por el Valle de Cocora, en el Parque Nacional de los Nevados (cordillera central de los Andes colombianos). Eran unos paisajes hermosísimos con muchas palmas de cera, el árbol nacional de Colombia. Blaney, además de explicarnos todo lo que íbamos viendo, en las paradas interpretaba con su flauta piezas del folclore andino. Fue una mañana inolvidable.
A mediodía estábamos de vuelta en Salento. Paseamos por sus calles, contagiados por la tranquilidad que se respiraba, solo alterada por el paso de algunos Willys turísticos. Comimos en Donde Laurita, local pintoresco que nos habían recomendado.
A la caída de la tarde bajé a la calle Real para ver el ambiente, el alumbrado, y sobre todo, para despedirme de este pueblo tan bonito.
Volando a Cartagena, 4 de diciembre
El jueves a primera hora volvimos a Pereira y fuimos directos al aeropuerto ya que nuestro avión despegaba pronto. En hora y media de vuelo empecé a ver por la ventanilla una Cartagena que no me esperaba, atestada de rascacielos. Afortunadamente habíamos reservado en Casa la Fe, un pequeño hotel, que antaño fue casa colonial. Comimos algo ligero, descansamos un rato y salimos a pasear por el centro histórico.
Cartagena de Indias, 5 de diciembre
A primera hora fuimos a la catedral de Santa Catalina de Alejandría y al Parque de Bolívar. Vimos en algunas calles el efecto de las mareas, seguimos hasta la Plaza de la Paz y la Serrezuela, plaza de toros reconvertida en centro comercial. Después de comer teníamos una visita panorámica guiada.
Empezamos la visita en Bocagrande, barrio con un enorme desarrollo urbanístico. De allí fuimos al castillo de San Felipe de Barajas, en cuyos jardines estaba la estatua del almirante Blas de Lezo, que defendió Cartagena en 1741. Camino del centro histórico pasamos junto a la India Catalina, personaje clave en los comienzos del mestizaje. Volvimos a la plaza de Santo Domingo y después a la catedral, donde se había celebrado una boda, terminando el recorrido junto al Santuario de San Pedro Claver. Hacía bastante calor y nos retiramos al hotel, que tenía en la azotea una pileta 😉.
San Basilio de Palenque, 6 de diciembre
Queríamos visitar San Basilio de Palenque, un destino poco turístico que fue el primer pueblo libre de América, fundado por esclavos africanos fugitivos en el siglo XVII. Su ubicación solo era conocida por los «mapas» que las palenqueras tejían en sus cabellos y hasta 1956 no tuvo una carretera. Sofía nos llevó desde Cartagena en un taxi y allí nos presentó a Joao un percusionista local; entre los dos nos enseñaron el pueblo que estaba declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Paseamos bajo un sol de justicia, aprendimos a colocar el pañuelo como las palenqueras, practicamos algo de boxeo —allí nació Antonio Cervantes bicampeón mundial del peso wélter júnior— y cominos un pescado estupendo, con patacón y arroz con leche de coco.
De vuelta a Cartagena, el sol estaba a todo dar. Podíamos habernos refrescado en la terraza del hotel, pero preferimos pasear por Getsemaní, un barrio popular en el que la gente hacía su vida en la calle. Nos encantó.
Regresando al hotel se notaba que era sábado. También ese día nos cruzamos con una boda en la que todos, novios e invitados, iban bailando camino de la celebración, todo un espectáculo.
Volando a Bogotá, 7 de diciembre
Tranquilamente desayunamos, organizamos el equipaje y esperamos al taxi que nos llevó al aeropuerto. Al pasar por las playas de Marbella me puse a tararear aquella canción de Los tres sudamericanos… En el aeropuerto, compras y empanadas. Y en Bogotá, nos llevaron a nuestro hotel Saint Simon, y dimos un último repaso a los centros comerciales del barrio.
Bogotá, 8 de diciembre
En nuestro primer día en Bogotá nos habían faltado varias visitas, así que muy temprano pedimos un Uber que nos llevó a Monserrate, un cerro con un santuario en la cima desde el que se divisaba la metrópoli de casi trece millones de habitantes. Subimos en funicular, nos hicimos la foto y bajamos en teleférico.
Monserrate








Museo Botero
Después caminamos hacia el centro, una media hora. Fue un paseo agradable disfrutando de la arquitectura, del arbolado y de algunas esculturas, como la de «La Pola», cuya casa vimos el primer día. Cruzamos la Candelaria y llegamos al Museo Botero, que abría a las 10 a.m. y pudimos visitar antes de que hubiera mucho público. Creo que fotografié todas las salas, cuadros y esculturas, además de obras de otros artistas, en los museos que había en el recinto. También entramos en la iglesia de la Candelaria, que fué monasterio de agustinos recoletos y por fin llegamos a la Plaza de Bolívar. Unas chicas se hacían fotos y los empleados de limpieza rascaban la cera del suelo; la noche anterior se había celebrado en toda Colombia el día de velitas, y por dos euros, ¿quién no quemaba unas cuantas?
Vuelta a casa
A continuación pedimos otro Uber y volvimos a nuestro barrio; hicimos una comida ligera junto al hotel y echamos una siestecita, ya que teníamos salida tardía. A las 6 p.m. nos recogió el taxi que nos llevó a El Dorado. Como se esperaba, el avión tuvo que dar otro rodeo para no sobrevolar Venezuela; por lo demás, el regreso fue como todos los vuelos transoceánicos: una paliza.
El siguiente viaje: ???



















































































































































































































































































































