Hicimos un safari por Kenia en julio de 2006 para celebrar nuestras bodas de plata. Ante todo fue un viaje relajado y muy interesante. Pude tirar muchas fotos con la Nikon D 70, que para ser de las primeras cámaras digitales, no estaba mal. Volamos de Madrid a Nairobi el 11 de julio en un chárter de Iberworld, llegando a Nairobi a primera hora del día 12. Pasamos la aduana, pagamos el visado y nuestro guía, que se llamaba Samson, nos llevó al Holiday Inn.

Nairobi, 12 de julio
A comienzos del s. XIX era sólo una estación de la línea de ferrocarril que unía Mombasa (en el Índico) con el Lago Victoria. Nairobi, una de las capitales más cosmopolitas de África, también era una ciudad muy verde y con poco tráfico. Comimos y descansamos un rato, ya que la noche en el Airbus había sido toledana. Por la tarde estuvimos en el Giraffecentre, donde había bastantes jirafas de Rothschild, y se les podía dar pienso. Y más tarde fuimos a la casa en que vivió Karen Blixen, autora de «Memorias de África», convertida en un museo lleno de recuerdos de la escritora.
Amboseli, 13 de julio
Siguiendo con nuestro safari por Kenia, salimos temprano para el Parque Nacional de Amboseli. Circular por estas zona de África era toda una aventura. Había carreteras en buen estado, pero para llegar a los parques era normal recorrer muchos kilómetros de pistas. Cruzamos algunos poblados sin interés turístico, en los que hacía todas las fotos que podía. A mediodía llegamos al Ol Tukai, donde se rodó la película «Las Nieves del Kilimanjaro». El lodge tenía un ambiente inigualable. A pocos metros de nuestra cabaña cientos de cebras, ñus y elefantes pastaban apaciblemente. Esa tarde hicimos el primer safari, o sea, «paseo», en suajili.
Amboseli significaba «viento del diablo», y es que junto con los elefantes y el Kilimanjaro, los remolinos de polvo estaban siempre en el horizonte. Por lo demás, el parque era encantador, con hermosos paisajes y gran variedad de animales que convivían «pacíficamente» en la sabana. Los guías y los conductores estaban siempre hablando por radio, dándose noticias de la ubicación de los animales. Cuando muchas furgonetas se reunían en algún sitio es que alguno de los big five estaba próximo (se llamaban así por la dificultad de cazarlos a pie, y eran: el león, el leopardo, el rinoceronte, el búfalo y el elefante). Aquella tarde, una pareja de guepardos se pasearon tranquilamente delante de nosotros. Fueron unos momentos indescriptibles.
Amanecer en Amboseli, 14 de julio
Antes de amanecer ya estábamos siguiendo a una hiena por la sabana. Las cebras pastaban y un ñu vigilaba los pasos de una leona, que al final se largó. Sobre un manto de nubes pudimos ver la poca nieve que le quedaba al Kilimanjaro —5985 m.—, la cima más alta de África, que estaba en territorio de Tanzania. Terminado el safari mañanero, volvimos al lodge a desayunar y entonces salimos para Aberdare.
Aberdare, 14 de julio (y amanecer del 15)
Todo el día estuvimos en ruta, casi 400 km, hasta el Parque Nacional de Aberdare. De tarde en tarde atravesábamos algún poblado y yo hacía fotos para ver después qué hacía la gente, cómo era su vida cotidiana. Estaba oscureciendo cuando unos jabalíes verrugosos salieron a recibirnos al llegar a las tierras altas.
Dejamos las maletas en el Aberdare Country Club y unos 4×4 nos llevaron a The Ark, el arca, un lodge único, construido encima de unos árboles, aprovechando el desnivel sobre una charca. Nos asignaron un «camarote» y nos informaron del código del timbre. Toda la noche se acercaban animales a beber y avisaban por si querías bajar a un mirador a observarlos. Hacía frío; no pensábamos que en África íbamos a echar de menos un forro polar. La cena fue de película, tras una ventana del comedor, un grupo de elefantes retozaban y una gineta comía un plato de sobras. Apenas descansamos aquella noche, entre el frío y los timbrazos. Al clarear bajé por última vez al mirador; África despertaba y al rato nosotros dejábamos el arca y poníamos rumbo a Nakuru.
Nakuru, 15 de julio
Estuvimos unas tres horas en camino. Vimos muchos niños en las cunetas, era sábado y no había colegio. Recordé que en los años sesenta, los chiquillos de mi barrio hacíamos eso mismo, sentarnos junto a la carretera nacional Madrid-Málaga para saludar a los turistas que pasaban. Nos hicimos una foto en la raya misma del Ecuador. En aquellas paradas no faltaban las «toilettes». Pasamos cerca de las Cataratas Thompson, un lugar apacible frecuentado por lugareños y por 100 chelines (menos de un euro) me hice una foto con tres auténticos kikuyu. Después entramos en el Valle del Rift, llegamos a la ciudad de Nakuru y nos alojamos en el Lion Hill Lodge.
El Lago Nakuru era conocido por los dos millones de flamencos que se alimentaban en sus aguas alcalinas. El parque nacional que rodeaba la laguna no era menos sorprendente: bosques de euforbias candelabro y acacias de tronco amarillo daban cobijo a cebras, elands, cobos de agua, colobos, impalas, jabalíes verrugosos, búfalos, rinocerontes, gacelas de Thompson, leones… y sobre todos, aquel leopardo que parecía pedirme que lo retratara.
Masái Mara, 16 de julio
Saliendo hacia Masái Mara, cuatro rinos se nos fueron acercando hasta casi echarse encima de la camioneta. Después seguimos la ruta, hacia Narok, una ciudad sin nada que ver, a veces por caminos malísimos en los que era imposible rodar a más de 50 km/h. En ocasiones parábamos cuando grupos de niños nos saludaban o simulaban arreglar baches… allí acabamos con los bolígrafos, cuadernos, caramelos y baratijas que llevábamos. A mediodía llegamos por fin al Sarova Mara Camp, un campamento impresionante ❤️. Dentro de nuestra tienda no faltaba ningún detalle; eso sí, al salir debíamos cerrar bien las cremalleras para que no entrasen animales.
Cada mes de julio se producía la migración desde Tanzania hasta Kenia —desde el Serengueti hasta Masái Mara— de cientos de miles de ñus y cebras. Este parque era un hervidero de animales recién llegados. En el primer safari nos encontramos a un león merendándose a un ñu, leopardos echando la siesta en los árboles y en medio de todos, ¡gente jugando al fútbol!
Masái Mara, 17 de julio
Ciertamente salir de safari a pie con los masái fue toda una experiencia. Nos movimos por una zona con pocos animales —¡mucho mejor!— y descubrimos huellas, termiteros, y toda clase de boñigas. Los jóvenes guerreros no dejaban de ofrecernos dientes de león, pulseras de pelo de elefante y toda clase de objetos rituales. Más tarde fuimos a un poblado, donde nos recibieron cantando y bailando como si hubieran cazado un león. Estos pastores se alimentaban básicamente de leche y sangre y nos hicieron una demostración de cómo preparaban el brebaje. Luís, un brasileño que hacía ese safari con nosotros, probó la pócima ¡y sobrevivió! También Samson, el magnífico guía que nos acompañaba, se tomó un chupito.
Seguimos el safari y vimos kongonis, buitres encaramados en los árboles, leones y también avestruces (siempre en pareja, el macho negro y blanco y la hembra parda). Hicimos muchísimos kilómetros campo a través en dirección al río Mara. Las manadas de ñus que encontrábamos acababan de cruzarlo y se encaminaban hacia las verdes praderas.
El río Mara era la puerta del paraíso, y también el infierno en que sucumbían aplastados o devorados —por cocodrilos, hipopótamos y marabúes— los más débiles, ancianos, además de los jóvenes inexpertos. También se veían algunos espectadores, como los lagartos agama. Después, a la hora del picnic, nuestro merendero estaba «ocupado» por un par de leones que ni se inmutaron con nuestra presencia; debimos buscar otra sombra a unos metros para poner pie en tierra. Muy cerca de allí estaba la frontera con Tanzania, que no era más que un enorme mojón.
De vuelta al campamento, como cada tarde, cumplí el ritual de tomarme una cerveza Tusker —¨colmillo¨ en suajili— bien fría, sin duda lo mejor después de un largo safari.
Lago Naivasha y Nairobi, 18 de julio
El viaje desde Masái Mara hasta el Lago Naivasha fue de más de seis horas, por caminos horribles y no llegamos hasta el mediodía. Con sus aguas dulces, era un hábitat perfecto para muchas especies: pelícanos, gansos del Nilo, águilas pescadoras… Lo cruzamos en un pequeño catamarán, observados de cerca por varios hipopótamos. En la zona de Crescent Island paseamos tranquilamente entre jirafas, cebras y ñus; en esta llanura se rodaron muchas escenas de «Memorias de África». De regreso a Nairobi, a las 7 de la tarde cenamos en The Carnivore, un restaurante para turistas, especializado en carnes.
Epílogo
Después de otra noche en el Holiday Inn, el día 19 a las 10:10 despegamos de Nairobi, rumbo a… ¡otra sorpresa del viaje! Hicimos una escala de varias horas en Zanzíbar, para mantenimiento del avión. Solo vimos las palmeras desde lejos y no pudimos salir del aeropuerto para dar una vuelta. De este modo, en este viaje pisamos por dos veces territorio de Tanzania.


El siguiente viaje: Vietnam









































































































































































