Digitalización

A lo largo de nuestra vida vamos guardando documentos y registros de distinta naturaleza: fotos, negativos, cintas, vídeos, discos, etc. Desde la niñez nos educaron para ser consumidores, pero no para priorizar lo importante y saber desprendernos de lo superfluo. Esta situación nos fue convirtiendo inevitablemente en pequeños o grandes diógenes 🫤.

Hace unos años me hice las siguientes preguntas:

  • ¿Cómo puedo aprovechar esta cantidad de datos, si a veces no sé ni dónde los guardo?
  • ¿Qué pasará con todo este material cuando yo falte?
  • ¿Alguien pondrá en valor mis recuerdos y mi trabajo creativo?
  • ¿Terminará todo en un basurero o desperdigado en una nube?

A raíz de aquella inquietud me planteé un reto: ser el comisario de mi propio archivo, seleccionar lo más interesante, deshacerme de lo innecesario e ir preparando poco a poco mi legado digital.

Para desarrollar tan ambicioso proyecto, y sobre todo para conocer y disfrutar del material acumulado —ya que estaba jubilado y con más tiempo— me puse a organizar, digitalizar, y finalmente, reciclar todo lo prescindible. El proceso lo inicié durante el confinamiento al que nos sometieron durante la pandemia de 2020, también lo expliqué en el foro de fujistas.com y finalmente lo concreté en esta página con el relato ilustrado de los pasos que seguí.

Digitalización de archivos de audio

Hacía años que tenía capturados los audios de mis vinilos y casetes. Solo conservaba como recuerdo un disco sencillo de 45 RPM, una casete y varios cedés que indulté y que de vez en cuando ponía en una minicadena que todavía funcionaba. Los demás discos los regalé a amigos o los llevé a Madre Coraje. Los archivos FLAC y MP3 los subí a un servidor NAS (una nube doméstica hecha con un disco duro conectado al rúter de mi casa) y así escuchaba mi música favorita —en cualquier lugar— incluso más que antes. Todos los cedés y deuvedés de datos pasaron su información a discos duros, fueron triturados y acabaron en un punto limpio de SADECO.

Películas de Súper 8

En los años 80 era lo que había. Como el precio de las bobinas de tres minutos era considerable, apenas tiré una docena de cintas. Con la llegada del vídeo en los 90, hice el primer intento de captura, grabando directamente lo proyectado en una pantalla, pero el resultado fue mediocre. Otra tentativa posterior fue encargar el escaneo a un laboratorio especializado, pero tampoco me convenció. Finalmente, un amigo —pionero sevillano del súper 8— me prestó su escáner Reflecta. Tuve que lavar y secar las cintas para quitarles los hongos que se habían desarrollado. Después hice el escaneo cuadro a cuadro durante varias semanas y me quedó pendiente editar las películas. Naturalmente, las cintas fueron trituradas y recicladas adecuadamente.

Cintas de vídeo

De casi todas las grabaciones que había hecho en los 90 conservaba copias o cintas originales, pero no tenía reproductores; las cámaras y vídeos habían dejado de funcionar hacía años. Tuve que rebuscar y comprar en Ebay un viejo Betamax y una cámara Digital 8 ya descatalogada. Hice las capturas con un PC y una tarjeta Pinnacle. Una vez digitalizadas, las cintas fueron destruidas y recicladas. Los MP4 los publiqué en los álbumes del Google Fotos familiar y la mayoría en la página del proyecto Telepuebla.

Diapositivas

Conservaba unas 5000 diapositivas. Empecé a digitalizarlas con mi viejo escáner Minolta, hasta que petó. Tuve que acabar el trabajo con un Reflecta RPS 10M que me “prestaron” en Amazon, con el que obtenía archivos TIF de 4000 píxeles. Todas las diapos, separadas de marquitos y fundas acabaron —como no podía ser de otra manera— trituradas y entregadas en el punto limpio.

Así funcionaba la batidora 😉

Negativos: primeros intentos

Tenía una cantidad enorme de fotografías, unas organizadas en álbumes y otras en cajas y cajones; la mayoría habían empezado a perder el color. Los álbumes amarilleaban, en especial los de hojas adhesivas de los años 80. No tenía sentido conservar ese desorden de imágenes, ni las cajas de negativos, un soporte cada vez más obsoleto.

El primer paso fue organizar los negativos. Los anteriores a 1976 estaban sin fecha y bastante mezclados, por lo que tuve que hacer un trabajo de «arqueología», cotejando las tiras para recomponer las secuencias, y no digo carretes porque en aquellos años compraba la película en latas de 30 m. Después tuve que ponerles fecha buscando analogías y referencias. Afortunadamente, los posteriores al 76 estaban bien archivados y datados (unos 2.300 rollos).

El escáner de Reflecta, que tan bien se portó con las diapositivas, se atragantaba con las tiras de negativos (sobre todo con las de blanco y negro) por lo que lo devolví. No había en el mercado ningún aparato que me sirviera, así que me puse a experimentar… Un amigo me dijo que probara a hacerles fotos en una caja de luz; lo hice y me gustó el resultado. Al principio usaba la X-T2 con un Fujinon 60mm 2.4 Macro, pero sacaba los fotogramas con mucho margen, y además perdía mucho tiempo y calidad al recortar. Probé después con unos anillos de extensión 16+11 y aunque no sacaba los filos, me desenfocaba en las esquinas.

En aquella primera tanda digitalicé:

  • Carretes familiares. Una vez procesados fueron destruidos y las fotos las subí a álbumes privados de Google Fotos.
  • Carretes de viajes. Los publiqué en https://joaconde.net/viajes/
  • Carretes de los colegios y pueblos por los que había pasado hasta 2002. Fueron reciclados y publicados en la página https://joaconde.net/maestro/
  • Carretes de mi etapa de fotógrafo profesional. Se quedaron esperando un nuevo repaso previo a su destrucción.

Negativos: la solución definitiva

Al final, opté por comprar de segunda mano un objetivo Fujinon XF80 mm, macro 1:1, y fue la solución. Utilicé una tabla plastificada para soportar la caja de luz (parcialmente tapada para no deslumbrarme) y desplazar/apoyar el conjunto cámara-objetivo. Para nivelar la Fujifilm X T2 le puse una pieza de rótula de trípode, y para conseguir la altura perfecta, lo nivelé con una cajita de tarjetas SD sujeta con dos bridas.

Y así fotografié cada negativo con exposiciones de 1 a 3 segundos a f/22, en una habitación oscurecida y con el estabilizador desactivado. Después tuve que renombrar las capturas, grabarle la fecha aproximada en los datos exif y aplicarle varias acciones de Adobe Photoshop, la última de ellas añadiendo mi firma. De cada archivo procesado obtuve una copia de 6000 píxeles que guardé en la nube y otra de 1600 a 1800 para las galería que iba subiendo a WordPress.

Digitalizando negativos

Además, cada conjunto de negativos que iba digitalizando se completaba con la reproducción del álbum (si es que lo había) y la destrucción y reciclaje de todas las fotos en papel. De esta manera quedaba el recuerdo y se recuperaba el espacio que ocupaba.

Digitalizando álbumes

Y esta es una muestra de algunos de los álbumes que digitalicé y después trituré ✂️.

El final de este enorme proceso fue destruir también los negativos y llevarlos a un ecoparque. No me permitieron dejarlos allí; tuve que ir al vertedero del Lobatón y firmar unos cuantos papeles, declarando que no era profesional, para que se los quedaran. Aquel olorcillo acre me recordó los tiempos en los que nos dejaban visitar sus instalaciones con niños en edad escolar… 😮.

Si tienes alguna duda o pregunta, puedes preguntarme

Y para terminar, una curiosidad

Esta publicación —y todas las de mi web— desaparecieron como consecuencia de una fallo irrecuperable en la instalación de WordPress en el verano de 2024, como puedes ver en la captura de archive.org. Antes de subirla de nuevo pregunté a la IA de Google qué sabía de este asunto y sorprendentemente tenía suficientes datos guardados como para escribir un libro 🫤.

Página publicada en 2021 y actualizada en agosto de 2026