Manilva

1981-1982

Este curso fuimos a parar a Manilva, el último pueblo del mapa. Como no había vacante en Benaoján, no nos quedó otra que pedir con cero puntos. Se nos pasó el año en instalarnos en una casa que nos prestaron, que había estado ocupada por… ¡cabras! Cada vez que llovía, el agua entraba por un patinillo que llamábamos el huerto y salía por la puerta. La humedad lo impregnaba todo…

Poco recuerdo del colegio. Como era el más joven, me tocó ser secretario. Hicimos amistad con la seño María Teresa, cuyo hijo retraté en varias ocasiones y también nos veíamos con don Antonio, Mari Loli y su hijo Danielito. Quien me orientaba y arropaba era don Antonio Ramírez, a quién me encontré años después en jornadas de ASADIPRE.

Fue un curso de bricolaje total, ni existía Ikea ni teníamos un duro. Pasaba las tardes haciendo muebles con tablas de pupitres rotos. También me entretenía con la electrónica. Pilar pasó un mal año con tantas calamidades…

Para ir de Córdoba a Manilva, cogíamos el ferrobús hasta Málaga; una vez allí subíamos a un Portillo que nos dejaba en Estepona. Allí teníamos que tomar un taxi hasta nuestra casa, que costaba por aquel entonces 500 pesetas; era una aventura de más de cinco horas. A mediados de curso, compramos un dos caballos de novena mano, batería de 6 voltios y muy pocas luces, y desde entonces nos movimos con mayor soltura, aunque los viajes a Córdoba seguían siendo una odisea. De todo lo que pasó aquel año, lo mejor fue el verano a un paso de la playa. Afortunadamente, el curso siguiente pudimos volver a Benaoján.

 

 

La película de 1982

Regreso a Manilva

Volvimos a Manilva en 2018 y estaba irreconocible. Al final de la calle principal, el ayuntamiento había cambiado de edificio, y la fuente estaba protegida para unas obras. Bajamos como hace 36 años por la calle de la Iglesia y al llegar a la plaza donde estaba nuestra casita… todo había cambiado. Seguimos nuestro paseo hasta el colegio Pablo Picasso. Los pisos de maestros en que vivía don Marcos ahora eran aulas, pero la puerta de acceso era la misma. Fuera un mural con fotos antiguas, entre ellas una de mi apreciado don Antonio.

Casares seguía allí en la distancia, y me pareció que había muchas, muchas más viñas que antes…