
Como continuación de nuestro viaje a India en julio de 2001 pasamos unos días en Katmandú, la capital de Nepal. Este pequeño país del Himalaya era original hasta en la forma de su bandera. Me encantaron sus estupas, su arquitectura y la simpatía de los nepalíes. Fueron días intensos, en los que visitamos lugares cargados de espiritualidad, en la capital y los alrededores, la mayoría declarados Patrimonio de la Humanidad. Llegamos de Benarés el 17 por la tarde y nos alojamos en el Royal Singi. Nepal era una monarquía en la que el rey Gyanendra había ascendido al trono seis semanas antes, como consecuencia del asesinato de su padre y otros miembros de la familia real por su propio sobino 🤦🏼.
Swayambhunath, 18 de julio (mañana)
Swayambhunath, el templo de los monos, era un antiguo complejo religioso sobre un cerro desde el que se dominaba Katmandú. La estupa central mostraba unos enormes ojos de Buda. Alrededor había decenas de santuarios en los que budistas e hinduistas hacían sus rezos. Allí me enteré del funcionamiento de los molinillos de oración: girarlos tenía el mismo efecto que rezar el mantra om mani padme hum. Tenían dentro un rollo con varios metros de oraciones, así con cada vuelta se rezaba mucho más. La escalera por la que bajamos al final, tenía 365 escalones.
La plaza Durbar, 18 de julio (mediodía)
La plaza Durbar de Katmandú era una amalgama de palacios con ventanas esculpidas, pagodas, templos, dioses y bestias… Hanuman, el dios-mono tenía varios altares. Visitamos a Kumari, la diosa viviente —que era cambiada por otra niña cuando llega a la pubertad—. Después dimos un paseo por un estanque enorme y comimos muy cerca, en el Kathmandu Kitchen; afortunadamente, además de las mesas japonesas, había otras más cómodas 😉.
Patan-Lalitpur, 18 de julio (tarde)
La antigua Patan —que después se llamó Lalitpur— era la tercera ciudad de Nepal por población. Su plaza Durbar, también estaba inscrita como Patrimonio de la Humanidad. Visitamos además el Templo de Oro y después nos perdimos por sus callejuelas.
Boudhanath, 19 de julio (mañana)
La estupa budista de Boudhanath, en el valle de Katmandú, era una de las mayores de Nepal y tenía forma de mandala —se apreciaba en la postal que compré—. A su alrededor los budistas tibetanos exiliados habían levantado numerosas gompas. También había muchos puestos de artesanía tibetana, en uno de los cuales compré varios discos de mantras.
Pashupatinath, 19 de julio (mediodía)
Pashupatinath era el más antiguo de los templos hinduistas de Katmandú, atravesado por el río Bagmati. Las incineraciones eran frecuentes; hacía un mes que aquí se habían hecho las de la Familia Real Nepalesa, después de ser asesinados por uno de sus miembros. Los cadáveres se colocaban sobre troncos y el familiar varón más allegado —vestido de blanco— ejecutaba la cremación. Entre los santuarios de la otra orilla encontré a un sadhu que no tuvo inconveniente en fotografiarse conmigo.


















Bhaktapur, 19 de julio (tarde)
Trece kilómetros al este de Katmandú estaba Bhaktapur, una ciudad deslumbrante. También era importante como centro religioso, con muchas pagodas entre las que destacaba Nyatapola, dedicada a la diosa Lakshmi, con cinco pisos y una escalera increíble: “Las dos estatuas más bajas son un par de luchadores, los cuales tenían la fuerza de diez hombres. Por encima de ellos hay dos elefantes, diez veces más fuertes que los luchadores. Más arriba, dos leones, diez veces más fuertes que los elefantes. Siguen dos águilas y sobre éstas se encuentran las diosas Baghini y Singhine que son parte tigre y parte león respectivamente. Se dice que estas diosas son diez veces más fuertes que las águilas. Esta progresión sugiere que la deidad que hay dentro del templo debe ser muy poderosa.”
El último día en Nepal no cogí la cámara; lo dedicamos a vagar tranquilamente, disfrutando de aquella ciudad que parecía de otro mundo. También hicimos algunas compras, y cuando quisimos acordar era la hora de volver al hotel. El día 21 a las 17:00 horas salimos para Delhi. Nada más despegar vi que entre las nubes sobresalían algunas de las cumbres nevadas del Himalaya. Todavía nos esperaban horas de incertidumbre en la zona de tránsitos del aeropuerto de Delhi —ya que no teníamos las tarjetas de embarque para Viena—. Por fin, todo se arregló y tropecientas horas después llegamos a casa. Había acabado el viaje, pero lo que había visto y sentido seguiría siempre muy vivo en mí.



































































































































