La primera vez que pasamos por Zaragoza fue en febrero de 1986, en una escapada que hicimos a Andorra. Unos años después, en el verano de 2009 planeamos volver con unos amigos, durante las fiestas del Pilar. El nuevo AVE nos lo ponía fácil. El nueve de octubre, en dos horas y cuarenta y cinco minutos estábamos allí.
La gran ciudad estaba a punto de colapsarse; un taxista amabilísimo, camino del hotel, nos enumeró las principales actuaciones y nos orientó sobre cómo movernos por la ciudad estos días. El hotel Las Torres estaba en la Plaza del Pilar. El edificio había sido rehabilitado con un aire minimalista. En la escalera me reencontré con estas palabras que pronunciara Winston Churchill en 1936 y que se me antojaron muy actuales. La vista desde el balcón de la habitación era inmejorable: la Basílica del Pilar y el Ayuntamiento.
10 de octubre, el pregón
Desde temprano se montaba la estructura para las ofrendas en el centro de la plaza. Hicimos unas compras y fuimos a la Seo del Salvador, la Catedral de Zaragoza. Recientemente restaurada, mezclaba estilos —románico, gótico, mudéjar y barroco—. En el exterior, el cimborrio, el ábside y el muro mudéjar, estaban declarados Patrimonio de la Humanidad. Vimos la colección de tapices flamencos y reposteros, que reyes, arzobispos, canónigos y el propio cabildo donaron a la Seo para su utilización y su exhibición en la catedral. Después, paseamos por la Plaza de España y la calle del Coso, por donde discurría la antigua muralla romana; después por la calle de Alfonso I, hasta la Plaza del Pilar. La ciudad estaba repleta de joyas mudéjares, como la iglesia de San Gil Abad.
Zaragoza tenía, en lugar de museo arqueológico, una ruta con cuatro yacimientos romanos puestos en valor: el foro, el puerto fluvial, las termas y el teatro. Empezamos por descubrir el subsuelo de la Plaza de la Seo. En el museo del Foro se mostraban los cimientos, cloacas y tabernas del centro urbano de Caesaraugusta. Un audiovisual muy bien elaborado informaba a los visitantes de como transcurría la vida en esta ciudad hacía dos mil años. En el museo del Puerto Fluvial vimos básicamente más cimientos.
Cuando oscureció, la plaza se llenó a rebosar; para ver algo nos subimos a nuestro balcón. Ante nosotros desfilaron cientos de peñas y José Antonio Labordeta leyó un pregón lleno de humor y de sentimiento aragonesista. Los chinos, hacían su agosto, y yo aproveché para hacer todas las fotos que pude. Aquella noche tocaron Los Secretos en la plaza.
11 de octubre, la víspera
Desde muy temprano sonaban jotas por todas partes. Visitamos la Basílica del Pilar. La talla de la Virgen era de madera dorada, tenía 38 cm de altura y descansaba sobre una columna de jaspe. En la plaza, desfilaban gigantes, cabezudos y se oficiaba una misa baturra. Después fuimos a la Aljafería, un conjunto de tres palacios en las afueras de la ciudad. Precioso era el palacio taifal del siglo XI, residencia de recreo de los reyes saraqustís. Por su estilo, estaba considerado el eslabón entre el arte cordobés y el nazarí de la Alhambra de Granada. No menos hermosos eran el de Pedro IV y el de los Reyes Católicos. “Fernando, rey de las Españas, Sicilia, Córcega y Baleares, el mejor de los príncipes, prudente, valeroso, piadoso, constante, justo, feliz, e Isabel, reina, superior a toda mujer por su piedad y grandeza de espíritu, insignes esposos victoriosísimos con la ayuda de Cristo, tras liberar Andalucía de moros, expulsado el antiguo y fiero enemigo, ordenaron construir esta obra el año de la Salvación de 1492”.
Zaragoza era una ciudad para pasear. En cualquier esquina aparecían majestuosas torres, la de la iglesia de Santa Isabel (San Cayetano), la de San Juan de los Panetes, la Torre de la Zuda, lo que quedaba del alcázar musulmán… En la plaza calentaban motores Alex Ubago y el Coti.
Por la tarde fuimos a La Lonja, un edificio civil construido en el s. XVI. Había una exposición de Pepe Cerdá, con tiovivos, escaparates, y sobre todo gasolineras, que me encantaron. Por la noche siguió el ambiente festivo hasta muy tarde; menos mal que trajimos tapones para los oídos.
12 de octubre, el Pilar
A las ocho de la mañana, con un leve cierzo, desde mi balcón vi que ya había comenzado la ofrenda. Eran miles de personas las que en rigurosa fila se acercaban al andamiaje. Mientras, varias emisoras de radio emitían en directo al alcalde Belloch, y Juan Ramón Lucas estaba enfadado porque un oyente llevaba cinco minutos hablando por el teléfono…
Estuvimos en la misa pontifical, presidida por el Arzobispo de Santo Domingo. Un canónigo que escuchaba no daba mucho crédito a ciertas imprecisiones históricas del celebrante.
A las cuatro de la tarde seguía la ofrenda; todo Aragón bajaba por la calle Alfonso I. Después de descansar un rato, fuimos al teatro romano, construido en la primera mitad del siglo I d. C. con capacidad para unos seis mil espectadores.
Otro descubrimiento de aquella noche fue la iglesia de la Magdalena, mudéjar del siglo XIV. A las once por fin, pudimos acercarnos al tenderete de la Virgen y hacernos una foto.
Testimonio del consejero de Cultura e Infraestructuras del Ayuntamiento de Zaragoza: “La tradicional ofrenda de flores a la Virgen del Pilar fue la más larga y multitudinaria de la historia: se prolongó durante once horas, desde las siete y media de la mañana a las seis y media de la tarde, y congregó a 300.000 oferentes, que subieron al monumento a entregar sus ramos de flores, y a 150.000 acompañantes. Desfilaron más de 400 grupos organizados y una muchedumbre de más de 25.000 personas por hora, que depositaron más de siete millones de flores a los pies de la patrona de la Hispanidad. El buen tiempo y el puente de cuatro días animaron a que se acercaran visitantes y devotos de toda España”.
13 de octubre, la vuelta a casa
Antes de marcharnos, pasamos por otros lugares emblemáticos. La Puerta del Carmen, escenario de la heroica defensa de pueblo de Zaragoza ante los franceses, estaba en mis primeros libros de historia. El taxista que nos llevaba a la estación dio un rodeo y pude apreciar el penoso estado en que quedó después del asedio. Muy cerca estaba el monumento a Agustina de Aragón. La estación Zaragoza-Delicias tenía un gran espacio interior de más de seiscientos metros de largo por ciento ochenta de ancho y contaba con ocho andenes con una longitud de 400 m cada uno.









































































































