Francia atlántica

Programamos este viaje a la Francia atlántica a comienzos de 2020. Estábamos invitados a una boda en Paris en el mes de abril y pensábamos ir tranquilamente en el coche, haciendo etapas por la costa oeste. Pero en marzo todo se torció con el confinamiento. En septiembre de 2021, retomamos la idea, aunque con algunos cambios y aplazamientos debidos a las previsiones de lluvia. Por fin salimos el martes 21, directamente de Córdoba a San Juan de Luz, casi 900 km. Nos alojamos en un B&B, hotel sencillo, bien comunicado y con fácil aparcamiento, que además permitía cancelaciones sin coste hasta la tarde del día de llegada.

 

San Juan de Luz, 22 de septiembre

Después de desayunar nos acercamos al puerto, donde aparcamos. Hacía fresco y empezaban a abrir los negocios. Las mayoría de las casas eran de estilo tradicional vasco. Llegamos a la playa y dimos un largo paseo por la pasarela peatonal, hasta la pérgola. Volvimos al centro para entrar en la iglesia de San Juan Bautista, donde se casó el rey Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España. La puerta por la que entraron los novios fue tapiada después de la ceremonia. Visto San Juan de Luz cogimos el coche para ir a Biarritz.

 

 

Biarritz, 22 de septiembre

Llegamos a Biarritz a media mañana y aparcamos en el centro comercial, que estaba muy cerca de su gran playa, llena de surfistas. Después entramos en la iglesia de Santa Eugenia  —la cripta estaba cerrada—  y dimos un agradable paseo hasta la roca de la Virgen. Después de comer seguimos camino hasta Bayona.

 

 

Bayona, 22 de septiembre

Estuvimos parte de la tarde en Bayona, recorriendo su casco viejo, a orillas de los ríos Nive y Adur. Vimos la Catedral de Santa María, y como estábamos cansados, regresamos a San Juan de Luz. En el Carrefour que había junto al hotel compramos algunos víveres y fruta para los picnics que íbamos a hacer los días siguientes.

 

 

Nantes, 23 de septiembre

El jueves salimos temprano rumbo al norte; teníamos que recorrer 730 km hasta Saint Malo. Cruzar las Landas fue una gozada, con sus paisajes verdes hasta el horizonte. Estupendas autopistas, cómodas áreas de descanso y servicio… sin embargo la circunvalación de Burdeos fue demasiado lenta y nos retrasó. Comimos en ruta y paramos una hora en Nantes, una ciudad encantadora. Celebraba una feria y junto a la catedral  —cerrada desde el incendio de 2020— había un trenecillo turístico a punto de salir, así que lo cogimos. Nos dio varias vueltas por el centro; también cruzamos el Loira hacia La Fabrique, una zona industrial reconvertida en cultural. Cuando terminamos la ruta caminamos un rato bordeando el castillo de los duques de Bretaña y volvimos al coche. Tuvimos más atascos para salir de Nantes y también en la travesía de Rennes; hasta las 7 y mediano llegamos al B&B, que no resultó tan bueno como el anterior.

 

 

Mont Saint Michel, 24 de septiembre

Según las predicciones de Météo-France, el viernes era el mejor día para ir a Saint Michel; además, a primera hora habría menos bulla. Y así fue, a las 9:30 caminábamos por la pasarela hacia la isla. La niebla se estaba levantando y la temperatura era agradable. A ratos pasaban navettes gratuitas que hacían el trayecto en 10 minutos; sin embargo, caminar hasta la roca, rodeados de silencio y algunas ovejas, fue una experiencia sobrecogedora. Al atravesar las puertas de aquel bastión  —momento tantas veces soñado— vimos las calles medievales convertidas en un parque temático. Subimos a la abadía, increíble obra de siglos y aunque la recorrimos con sosiego, a las 12 la teníamos vista y retratada.

 

 

Cementerios de Normandía, 24 de septiembre

Ya que estábamos en Normandía y era temprano, decidimos hacer el programa del sábado: visitar la zona del desembarco aliado. Isabelita, que así llamamos cariñosamente a nuestro viejo GPS, nos llevó hacia el noreste por unos parajes increíbles. Me hubiera parado cien veces a hacer fotos, pero era un viaje de placer y nos limitamos a disfrutar con los cinco sentidos. Paramos a comer en un pueblecito de esos que ni vienen en el mapa; tenía su historia minera, una antigua estación… y un bar en el que nos atendieron de lujo. Después, seguimos hasta Colleville-sur-Mer. La zona está plagada de ruinas bélicas, museos, banderas, memoriales y cementerios, pero solo visitamos el Cementerio Americano de Normandía y el Cementerio Alemán de La Cambe. De ambos hay un reportaje más completo en mi página de cementerios. Desolación y mucha rabia y tristeza. El desembarco en Omaha y otras playas cercanas fueron chapuzas que pagaron con su vida miles de jóvenes americanos  —casi 10.000 en este cementerio— y eso me derrumbó. Los alemanes también habían agrupado sus muertos en varios puntos, entre ellos La Cambe. Cuando terminamos la visita me fijé en varias inscripciones… pocos llegaban a los 18 o 20 años 😢

 

 

Saint Malo, 25 de septiembre

Nos encontramos este sábado sin esperarlo, y ya que estábamos en Saint Malo, decidimos patear la ciudad más corsaria de la Francia atlántica. Temprano entramos en intramuros, su centro histórico (reconstruido tras la II Guerra Mundial). Visitamos la catedral de San Vicente, donde reposan los restos de Jacques Cartier, descubridor de Canadá; una losa recuerda la bendición del obispo cuando partió para ese viaje. Después seguimos por las playas y bastiones y vimos una interesante exposición de acuarelas en la capilla de San Salvador. Volvimos al hotel a comer y después de la siesta fuimos a la plage des Sablons, a disfrutar del buen tiempo que hacía.

 

 

Saint Nazaire, 26 de septiembre

En el primer viaje que programamos, pensábamos bajar por La Rochelle-Isla de Ré, pero el tiempo cambiante aconsejaba hacer escalas más seguras. Nos detuvimos en Saint Nazaire, ciudad con varios atractivos de primer orden. En la factoría de Airbus no permitían hacer fotos, así que nos dirigimos a la base de submarinos que construyeron los alemanes en la II Guerra Mundial. En una de sus exclusas se podía visitar el Espadon, el primer submarino no nuclear francés que se podía sumergir bajo la banquisa. Fue una visita impresionante. Ya había entrado en barcos de guerra, pero este cascarón era como para tener claustrofobia. Hicimos el recorrido completo… ¡fue alucinante! Al salir echamos un vistazo a la impresionante base y seguimos camino hasta Burdeos.

 

 

Burdeos, 27 de septiembre

Aunque ya habíamos estado de paso, esta vez teníamos dos días completos para conocerla. Burdeos es una ciudad preciosa, muy cuidada y no se lleva bien con los coches. Reservamos un B&B en Bègles, uno de sus barrios; el hotel estaba casi de estreno y tenía una parada de tranvía en la puerta; en la línea C se tardaban 10 minutos en llegar al centro. Los bonos diarios de 5 € invitan a olvidarse por completo del coche y del aparcamiento.

Este primer día en Burdeos empezamos por ir a la Cité du Vin, un parque temático muy completo. Gracias a las últimas tecnologías se iban oyendo conversaciones y explicaciones  —en español—  según te ibas desplazando. Una visita interesantísima que culminó a las 12 en el mirador con una degustación. Volvimos al centro en el BAT³, un pequeño catamarán cuyos viajes estaban incluidos en el bono del TRAM. Comimos junto al Gran Teatro en un Brioche Dorée , como muchos bordeleses, y después paseamos por las orillas del Garona hasta la puerta de Borgoña. Volvimos hasta la catedral de San Andrés, y por una vez no subí a la torre, llamada Pey-Berland, que era un campanario exento. Por último visitamos el museo de Bellas Artes, cuyas fotos puedes ver en este enlace, y cruzamos el puente de piedra para ver al león de Veilhan.

 

 

Burdeos, 28 de septiembre

El segundo día empezamos por visitar San Miguel y su flecha; en la plaza había un cutre mercadillo de pulgas. Seguimos caminando hasta la Puerta de Aquitania. Cogimos un tranvía para ir a Mériadeck, pero el edificio no era tan espectacular como esperaba y en su interior solo había tiendas. La siguiente visita fue al CAPC, el Museo de Arte Contemporáneo, cuyas fotos están en este enlace. Al salir, un enorme crucero había atracado en los muelles. Vimos como iban montando atracciones para la feria y regresamos al hotel. Por la tarde volvimos a la plaza de la Bolsa para contemplar el enorme espejo de agua. Mientras anochecía, cenamos en un 100 Montaditos  —haciendo patria—. De noche la plaza estaba espectacular, era la mejor imagen que nos llevaríamos de esta ciudad tan atractiva.

 

 

Epílogo

Después de Burdeos, teníamos previsto visitar Arcachon y la duna de Pilat, pero el tiempo estaba muy revuelto y decidimos cruzar los Pirineos, para entrar en Navarra por Arnéguy. En ese pueblecito no había frontera, ni banderas, ni nada… cuando llegué a la gasolinera del pueblo y vi la sin plomo a 1,50 € supe que por fin estábamos en España 😉

 

 

La continuación del viaje: Navarra