Navarra

Estuvimos unos días en Navarra a la vuelta de nuestro viaje a la Francia atlántica entre septiembre y octubre de 2021. Y ya era hora. Navarra se nos quedó fuera de programa en tres ocasiones: cuando fuimos a Soria y La Rioja; en la ruta por Cantabria, Vizcaya, Guipúzcoa y Vitoria; y en el viaje pirenaico por Gerona, Lérida y Huesca. Y esta vez, a punto estuvimos de aplazar la visita, por los pronósticos de mal tiempo.

 

Roncesvalles, Burguete y Orbaiceta, 29 de septiembre

El miércoles salimos temprano de Burdeos; el tiempo estaba revuelto y no era prudente entretenerse en Arcachon y la duna de Pilat, como teníamos previsto. Así que fuimos directos hasta Bayona y allí cogimos la carretera de montaña hacia Saint-Jean-Pied-de-Port. Al cruzar Arnéguy no había frontera, ni banderas, ni nada… cuando llegué a la gasolinera del pueblo y vi la sin plomo a 1,50 € supe que por fin estábamos en España. Paré el coche para hacer una foto en el primer cartel español, unos metros más adelante. Seguimos hasta Roncesvalles, por donde entra el camino francés a Compostela ¡¡¡que queda a 800 km!!! 😵 Visitamos en un momento la colegiata; no había mucho más que ver. Comimos estupendamente en uno de los dos o tres bares que había y volvimos a la carretera.

En el siguiente pueblo, Burguete, paré porque parecía sacado de un cuento; era precioso, tanto, que el viernes volvimos para retratar su cementerio. Estábamos entrando en la selva de Irati, unas 17.000 hectáreas de bosques infinitos que empezaban a teñirse de todas las gamas de ocre. Cuando llegamos a la antigua fábrica de armas de Orbaiceta empezó a llover 😕. Me consolé pensando en mi paragüero que pone: «no rain, no flowers» y tiré media docena de fotos antes de empaparme y seguir camino hasta Pamplona. Allí nos esperaba el Holiday Inn Express.

 

 

Javier, Leyre y Ochagavía, 30 de septiembre

Hay lugares de Navarra que estaban en mi mente desde mis primeros años, y uno era el castillo donde nació San Francisco Javier. Llegamos antes de que abrieran, así que lo vimos casi solos. Estaba muy restaurado y dedicado temáticamente al santo, con dioramas, objetos orientales, libros y blasones. De allí fuimos al cercano monasterio de Leyre, parcialmente abierto al público. Provistos de una llave que nos dejaron bajo fianza, visitamos por nuestra cuenta la cripta y la iglesia; en ella estaba el arcón de roble que contiene los restos de los primeros reyes de Navarra. Como era temprano y hacía tan buen tiempo, decidimos atacar la selva de Irati por otro flanco, y nos fuimos hasta Ochagavía.

Otro sitio de postal. Visitamos el centro de interpretación de Irati y comimos de lujo en el restaurante Orialde. Después le dimos una vuelta al pueblo, buscando un sendero que nos recomendaron y no encontramos. Para despedirnos de la selva, recorrimos con el coche parte de la carretera de montaña que llevaba a lo mejor del parque; los bosques se empezaban a teñir de otoño, pero no era todavía el mejor momento de retratarlos. Visto lo visto, nos volvimos a Pamplona. Después de descansar fuimos al centro comercial a dar una vuelta y hacer algunas compras  —pero sin cámara 😎 —.

 

 

Cementerios de Espinal y Burguete, 1 de octubre

El viernes hicimos una excursión tempranera a los cementerios de Espinal y Burguete, en los que había unas estelas funerarias muy peculiares. Hay más fotos en la página de cementerios. De vuelta a Pamplona, antes de llegar a Erro, nos encontramos bastantes peregrinos, ya que el camino de Santiago se entrecruzaba varias veces con la estrecha carretera.

 

 

Pamplona, 1 de octubre (mañana)

Tenía muchísimas ganas de sentirme en Pamplona y pisar sus calles. En el colegio del Carmen, hace más de 50 años, el padre José Tomás Lizasoain  —navarro de Irañeta—  además de enseñarme lengua y latín, me hizo apreciar la poesía y el vascuence, y me enganchó emocionalmente a los sanfermines. Desde entonces recuerdo haberlos visto año a año, al principio en el resumen de los telediarios y después en los directos de TVE.

A media mañana aparcamos en la plaza de toros (como no) e hicimos el recorrido del encierro invertido: del callejón de la plaza a Estafeta, Mercaderes y el Ayuntamiento, terminando en la cuesta de Santo Domingo. Después de echar un vistazo al mercado del barrio fuimos hasta la catedral. Fue una interesante visita conjunta de la sede, el museo catedralicio diocesano y la exposiciones temporales Occidens y aniversario de la coronación de Santa María la Real. En esta galería hay algunas fotos de la catedral, y las del museo, en este enlace. Desde allí nos fuimos a comer al mesón El Caballo Blanco, con unas vistas espectaculares.

Seguimos dando la vuelta al casco antiguo y llegamos al Portal de Francia, lugar de entrada de peregrinos. El hombre que sale en la foto le estaba diciendo a la niña en ese momento: «Hija, ahora sí que hemos llegado a Pamplona». Pasamos por la iglesia de San Lorenzo que no abría hasta más tarde; estábamos bastante cansados y regresamos al hotel.

 

 

Pamplona, 1 de octubre (tarde)

Por la tarde volví al paseo de Sarasate. Estaba abierta la iglesia de San Nicolás y entré. Impresionante el suelo de madera que crujía bajo mis pasos. Muy cerca, San Lorenzo, ecléctica y sosa, pero muy concurrida su capilla de San Fermín, que aceptaba donativos por Bizum 😮. Por último me asomé a San Saturnino, otra joya gótica. La plaza del Castillo, en cuyo aparcamiento dejé el coche, estaba muy animada; era el primer fin de semana sin restricciones en mucho tiempo.

 

 

Olite, 2 de octubre

El sábado dejamos temprano el hotel y salimos hacia Olite. Aparcamos junto al convento de San Francisco, en el que se rodaba una serie americana. Mientras abrían el Palacio Real (el castillo) estuvimos viendo la portada y el claustro de Santa María la Real  —que visitamos más tarde— y el castillo primitivo, ahora parador de turismo. El palacio era enorme y la visita libre no estaba bien señalizada; aun así, creo que lo vimos todo: torreones, jardines verticales y la gran morera. Después nos acercamos a la iglesia de San Pedro, pero solo se podía entrar en ella los domingos a la hora de misa. La última visita fue a Santa María, que abrió a las 11; me llamó la atención el magnífico retablo y las modernas vidrieras. Entonces seguimos la ruta hacia Arguedas.

 

 

Bárdenas Reales, 2 de octubre

Pasando el surtidor de Arguedas, por la NA-8712, estaba el desvío hacia el centro de información turística. Paramos allí para estirar las piernas, porque ya sabíamos que se podía dar la vuelta a la Bárdena Blanca (unos 34 km) en el coche propio. El paisaje era semidesértico y desolador, pero de una belleza singular. Tomamos el picnic en una cuneta, ya que no había otra alternativa; al terminar la vuelta nos fuimos a Tudela.

 

 

Tudela, 2 y 3 de octubre

Después de las Bárdenas, todo estaba visto. Sin embargo, la distancia a Córdoba era considerable, así que cogimos un hostalito en Tudela, cerca de la plaza de toros. Después de asearnos salimos a ver el pueblo. Anchas calles peatonales y la gran plaza de los Fueros contrastaban con las juderías y otras callejuelas que se caían de viejas. Entramos en la catedral de Santa María y en el museo del palacio Decanal (las fotos del museo están en este enlace). Después vimos la Magdalena con su torre románica, la casa del Almirante con sus balcones platerescos, y un sinfín de callejuelas que fuimos descubriendo al paso.

El domingo día 3, antes de salir para Córdoba, rebuscamos dos rincones que se nos habían escapado: la torre Monreal (que estaba escondida en un parque) y el puente sobre el Ebro, también oculto tras una densa arboleda. Hechas las fotos de rigor, volvimos para casa. Entre la Francia atlántica y Navarra, habíamos hecho 4.500 kilómetros en 13 días.

 

 

El siguiente viaje:  ?