Joaquinito

Esta página es un homenaje a quienes aparecen en ella. A unos, porque ya no están entre nosotros; a otros, para agradecerles que en algún momento se dejaran retratar. Y quiero hacer este manifiesto, en favor de los momentos que hemos compartido, y en contra de la insoportable levedad de la memoria, que más pronto que tarde nos relegará a todos al olvido, a la nada.

Joaquinito llegó al mundo en Córdoba, en agosto de 1958, en una casa de la calle San Pablo cuyos balcones daban al compás de la iglesia. Con tres meses me llevaron al estudio del fotógrafo Rodríguez. Mientras me hacían el primer retrato, debí aspirar los vapores de hiposulfito del laboratorio; esta pudo ser la causa de mi posterior e irrefrenable adicción a la fotografía.

Mi padre —que era un buen aficionado— tiró con su Kodak bastantes rollos durante mis primeros años de vida, de lo que me siento muy afortunado. Un buen día, cuando vio que yo iba tras sus pasos, me dio todos sus clichés «para que hiciera con ellos lo que quisiera». En aquella caja estaban sus negativos 6×9 y los carretes que tiraba con su Dacora del 62. Los clichés y las tiras estaban muy desordenadas; el trabajo de recomponer y fechar los carretes fue casi arqueológico. Ahora que estoy publicando casi todo mi archivo, no debo ignorar esos primeros años. Además, es justo poner en valor el trabajo que hizo mi padre, Ángel Conde Yusta, del que me siento tan orgulloso.

Joaquinito en 1958

Mi primera aparición en prensa, el registro y la foto de Rodríguez.

1959

De este año solo me llegaron los negativos de unas fotos en abril  y otra en el estudio de León, con 10 meses. La Kodak Junior, por ser plegable, tenía cierta holgura y desenfocaba algunas veces.

1960

Este año ya estábamos los tres hermanos: Ángel (el mayor), Manuel Jesús (recién nacido) y yo. Del interior de la casa había pocas fotografías, casi todas estaban hechas junto a las ventanas o en la azotea; en algunas se ve el tejado de la iglesia. Aquí estoy disfrazado de Napoleón, en la feria con Ángel y con Jesusito en el estudio de Rodríguez.

1961

La galería de este año comienza con tres fotos con los hijos de Paco, compañero de trabajo de papá. Sigue una merienda que pudo ser el día de Reyes. Luego está la serie tirada en el campo de mi tío Manolín, con mis primos: Rosi, Mari Carmen, Loli y Manuel Domingo; en una, aparece a la izquierda mi tía Rosa y a la derecha mi abuelo Joaquín. Y al final, más fotos en la azotea de San Pablo.

1962

Este año dejamos la casa de San Pablo. De vivir en una calle estrecha y umbría, pasamos a la amplitud y luminosidad del Sector Sur. En la última foto aparece el primer SEAT 600 que tuvimos, matrícula de Madrid y color verde aceituna; era en la calle del Nogal, donde se había mudado mi tía María.

1963

Papá trabajó muchos años de contable en una bodega. Tengo muchos recuerdos de aquella oficina, de la destilería, del tren de embotellado, de las botas…

Instalados en el nuevo piso, veíamos crecer nuestro barrio. En el bloque había muy buen ambiente. En mayo se hicieron las últimas fotos con la Kodak que salieron muy desenfocadas; fue en la comunión de una vecina y yo me vestí por primera vez de «angelito».

Hay fotos de una visita a una casa de la calle Calvo Sotelo (ahora Capitulares). Aquel edificio siempre me asustó; la escalera de madera y el suelo parecía que se iban a hundir e íbamos a rodar hacia la biblioteca (lo que hoy es Cultura). Vimos la procesión del Corpus, que se paraba en el antiguo ayuntamiento.

Aquel verano disfrutamos unas vacaciones en la residencia de Navacerrada, en la que visitamos a una prima de mi padre, monja de la Caridad en Cercedilla. También hicimos excursiones al Valle de los Caídos y a la Granja de San Ildefonso.

1964

Empezó con fotos en la Plaza de Andalucía y otras de los días de campo en el merendero de Rabanales, Alcolea o la Laboral. Aunque el primer año íbamos a la amiga de la señorita Conchita Areales, en un local debajo del piso, después pasamos a una escuela en la calle Algeciras, de la que mi único recuerdo es esa foto de la mesa. Por segunda vez hice de angelito, con la seño Conchita, en San Pablo. En nuestro bloque celebraron su comunión mis vecinas Sonia y Beatriz; también hubo un bautizo, creo que apadrinado por Blanca y mi hermano.

Sin dudar, el acontecimiento del año fue nuestro corto veraneo en El Bajondillo. El viaje fue una odisea en un viejo Studebaker que apenas subía las cuestas, pero al llegar, el mar me impresionó. Y todavía, Torremolinos me sigue atrayendo cada verano. Para recuerdo, mi padre tiró dos carretes, uno de blanco y negro y otro de color.

De vuelta a la rutina, tenemos fotos con las bicicletas, con mi abuelo y con mi tía María. Y del fin de año en casa de unos vecinos, aunque sin niños 😞

1965

En nuestro cuarto jugábamos y rezábamos. Esa porcelana antigua tenía su historia. Cada vez que pedíamos en casa algún imposible, mi padre decía: «eso será cuando San Juan baje el dedo» que siempre señalaba hacia arriba; un día jugando le dimos un balonazo y el dedo voló por los aires😂

En el colegio nos hicieron la foto dentro del televisor. Fue este un año de bodas: una Arias, familia de mi madre, mi prima Rosi… y también de mi primera comunión. El barrio no tenía iglesia y se usaba un pabellón en la calle La Rábida. Después, fotos con mi tita Carmen y mi abuelo en el chalet de la gasolinera, frente a casa. Y una sorpresa, en el escaneo del carrete ha salido una foto que nunca se reveló, y me he enterado ahora de que tuve tarta de comunión 😉 Unos días después, jugando, me entró tierra en un ojo y al llevarme al oculista me dijo que debía llevar gafas 🤓

1966

Empieza con la carta a los Reyes Magos que escribí con 7 añitos  y uno de mis primeros «cuadros», con su precio de venta 😁. Fotos de la comunión de mi hermano y de otro día que subimos a Santo Domingo y la última foto —que me encanta— es en la terraza de casa leyendo el «Chío». Empezaba a experimentar con el dibujo y la pintura, pero con poco éxito.

Se casó mi otra prima Loli y en agosto fuimos a Madrid, a ver a mi abuela y mis tías. Íbamos con cierta frecuencia, primero en tren y después en el 600, toda una aventura. Cinco personas y maletas, sin aire y sin espacio. La carretera estaba llena de baches y era corriente pinchar y tener que buscar un taller de recauchutados. Otras veces se partía la correa del ventilador, pero ya la sabíamos cambiar…

Lo mejor del viaje era llegar a Aranjuez; casi siempre parábamos en La Rana Verde (que ahora es El Rana Verde, no sé por qué). Allí pedíamos tortilla de espárragos y a veces fresones con nata… Nunca olvidaré que allí fue la primera vez que me pusieron un cuchillo en el cubierto, en una mesa sobre el Tajo.

Madrid me encantaba; el piso de mi abuela estaba en Máiquez, a un paso del Retiro. Cuando no íbamos de museos con papá, paseábamos por la Gran Vía disfrutando con las tiendas y los famosos —¡¡¡un día casi me topé con Yul Brinner!!!—. También bajábamos a la Casa de Fieras a embobarnos mirando a los monos, los osos, la leonera…

1967 -1970

En el curso 66-67 entramos en el Colegio Virgen del Carmen. El primer día fue caótico; a mí me vieron larguirucho y me mandaron a la fila de 4º. Por edad debía entrar en 3º, así que fui toda mi vida un curso adelantado (acabé COU con 16 y era maestro con 19).

Los primeros años íbamos en el autobús del colegio que nos recogía en el bar Crismona. Pero cuando crecí, mi padre nos llevaba con otros chiquillos en su nuevo SEAT 600 hasta la bodega (en Santa Marina). La vuelta era andando, por la casa de paso de La Lagunilla, o en aquellos autobuses chatos de la línea 2B.  Los dos años de primaria (4º e Ingreso) pasaron sin pena ni gloria, en la clase de don Custodio. En los recreos, cruzábamos sin problema al despacho de Torrent a comprar aceitunas. En el 68-69 entré en 1º de Bachillerato; tuve buenos profesores, aunque algunos curas zurraban de lo lindo, el padre Marino y el padre José Luis, por ejemplo.

Genial don Juan Lapachet enseñando francés; todavía recuerdo sus rutinas y muchísimas frases que memoricé. Pero el mejor, el que más me influyó, fue el padre José Tomás Lizasoain. Él me hizo descubrir la poesía, apreciar el latín y el vascuence, y engancharme años después a los Cámel que se fumaba continuamente. Siempre me decía: «Si quieres aprobar cuando el otoño del curso llegue, habrás de sembrar en el silencio de tu propia soledad».

En diciembre del 67 y del 68 me premiaron en el Cuadro de Honor. Las entregas de bandas y medallas —que aún conservo con veneración— fueron en el Teatro Duque de Rivas; del 67 no hay foto. Aquí está la invitación del 68. No te lo vas a creer, el acto lo presentaba José Manuel Villarejo, antes de meterse a comisario.

De 1970 solo tengo una foto de carnet, otra del bautizo de una vecina y varias de domingos de campo. Por entonces me regalaron una Instamatic 25 y con ella empezó una nueva etapa fotográfica.

1971

En 1970 nos habían apuntado a mi hermano y a mí a la Congre. En San Hipólito, entre otros, me hice un nuevo amigo, el hermano Carlos Palop. Me enseñó los recovecos de la iglesia, del campanario y de la residencia. También gateábamos por los tejados, y me dejaba ayudarle en un «estudio de grabación» que tenía en un cuartucho subiendo a la torre. Estuve de monaguillo un par de veranos, con una gratificación de 500 pesetas ¡mis primeros sueldos! La foto revestido con alba y casulla la hicimos un día para reírnos; los dos sabíamos que yo no iba para jesuita.

La última foto, de la escalinata del Carmen, puede ser de finales del 70 o del 1971, en 3º o 4º de bachillerato.